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Editorial
Domingo 11 de enero de 2026
Énfasis y contrastes presidenciales
Hay en el afán desregulador del próximo gobierno una oportunidad y un desafío para los empresarios. Más allá del efecto indeseado que provocó la sobrerregulación de actividades, no hay que perder de vista las situaciones y prácticas que mermaron la confianza de la ciudadanía en los privados.
Pareciera que el mandatario buscara ejercer de facto y de modo adelantado el liderazgo de la oposición al gobierno que asumirá en marzo.
La participación del Presidente electo en una reunión con empresarios, dirigentes gremiales y medios de prensa, organizada por Icare, permite apreciar —al igual que otras actividades desplegadas esta semana fuera del país— rasgos que podrían caracterizar su futuro gobierno y que reflejan además el rápido cambio vivido entre el candidato José Antonio Kast y el mandatario electo. Tránsito que Gabriel Boric también debió realizar, pero ya estando en La Moneda y solo tras el abrumador rechazo a la propuesta constitucional que apoyó.
Por de pronto, su reconocimiento al expresidente Eduardo Frei, presente en el encuentro, está en línea con su discurso la noche de su victoria: un ejercicio para sumar voluntades y reconocer el aporte de sectores distintos a la matriz del Partido Republicano. Hay allí una reivindicación más cercana a entroncar con “los 30 años” que a alejarse y denostarlos, como hiciera el actual mandatario hasta que se vio obligado a recurrir a ellos para sostener su gobierno.
Desde el énfasis retórico y performativo que ha identificado al Presidente Boric, Kast anticipa el paso a un foco centrado en la gestión. Y si el primero centró su atención en las desigualdades e identidades del país, las prioridades del segundo apuntan a impulsar el crecimiento como fuente de desarrollo y oportunidades para las personas. También son distintos los contextos en que asumen y sus diagnósticos sobre las razones que llevaron al quiebre de la convivencia en 2019 y las raíces de la frustración que manifestaron entonces muchos chilenos.
La participación del futuro ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, entusiasmó a los empresarios presentes porque exhibe un conocimiento profundo de las dinámicas y problemas del mundo empresarial, algo inusual en los ministros de Hacienda, más volcados a la macroeconomía. Lo anterior se combina con un marcado sentido práctico con el que, sin perder de vista la solución óptima, impulsa propuestas ajustadas a las restricciones que impone la realidad. De ahí que muchos de los impactos que busca generar para estimular la actividad económica no estén condicionados a cambios estructurales, nuevas normativas ni procesos institucionales, un vértigo que marcó el debate público desde el estallido de 2019 y que terminó por agotar a la ciudadanía.
Con todo, su afán de desregular sectores presenta tanto una oportunidad como un desafío para los empresarios. Más allá del efecto indeseado que provocó la sobrerregulación de actividades económicas, no hay que perder de vista las situaciones y prácticas que mermaron la confianza de la ciudadanía en el mundo empresarial y la actividad privada en distintas áreas, favoreciendo el discurso de sus detractores. De eso parece haber plena conciencia en el Presidente electo, ya que en más de una ocasión arengó a los empresarios a ir más allá de los mínimos regulatorios, especialmente en la relación con sus trabajadores y proveedores.
Boric, des-habitar el cargo
Y mientras el Presidente electo va definiendo el tono de su gestión, el mandatario en funciones parece realizar el camino inverso.
En estos años, Gabriel Boric nunca pareció del todo cómodo con las formas y exigencias que impone la primera magistratura. Aun así, realizó esfuerzos significativos por “habitar el cargo”, como lo denominó. Ejemplares fueron su conducta frente a la muerte del expresidente Piñera, su negativa a sumarse al bloque latinoamericano de izquierda que cohonestaba la dictadura de Nicolás Maduro o su diálogo con Kast, luego de la última elección. Pero tales empeños siempre pugnaron con otras facetas de su personalidad política, cual si el contestatario dirigente estudiantil o el parlamentario estridente hubieran seguido reclamando un lugar. Su apoyo desembozado a la campaña del Apruebo fue muestra máxima, así como algunos de los peores episodios de su gobierno —indultos, manejo del caso Monsalve, fallida operación para comprar la casa de Salvador Allende— estuvieron también marcados por la misma falta de sentido de Estado en las decisiones.
Ahora, a dos meses de terminar su período, las últimas señales del mandatario han tenido igual lamentable signo, cual si anticipadamente estuviera desertando de encarnar el espíritu republicano propio de un Presidente, y buscara ejercer de facto y de modo adelantado el liderazgo de la oposición al Gobierno que asumirá en marzo. Es legítimo que Boric defienda su gestión frente a las críticas de Kast, pero acusar sin más a su sucesor de propalar “mentiras” no es propio de un jefe de Estado. Tampoco lo es mandar a sus principales ministros a replicar esos conceptos o apelar al “temor” de que “se retroceda en derechos”, el mantra de la izquierda en la campaña y probable eslogan de la futura oposición.
Peor aún, ese discurso se suma a la insólita operación de haber transformado el reajuste para el sector público en un “ómnibus” legislativo de 119 artículos y las más heterogéneas temáticas —incluidas discutibles normas de amarre—, presentado a última hora y con financiamiento dudoso: una maniobra que no honra la dignidad republicana y que recuerda las prácticas de esos gobernantes extranjeros a los que el mismo Boric suele cuestionar por considerarlos su némesis política.