Impacto, alegría e inquietud son algunas de las reacciones que causó la incursión militar estadounidense en Caracas que resultó en el arresto de Nicolás Maduro y su esposa en la madrugada del sábado 3 de enero. La precisión de las fuerzas especiales, el uso de un potencial militar avanzado y de alta tecnología deja en evidencia el poderío norteamericano y su capacidad de intervención. Fue una operación exitosa desde la perspectiva militar. Pero hay otras.
Alegría hubo de parte de los millones de venezolanos que se han visto obligados a salir de su patria debido a la persecución política, la inseguridad, la falta de oportunidades económicas y el deterioro social que sumió en la desesperanza a uno de los países más prósperos de América Latina.
Pero también inquietud respecto de lo que vendrá. Las frases grandilocuentes del Presidente Trump más que tranquilizar levantan dudas respecto del devenir del régimen chavista que, aunque descabezado, tiene suficientes recursos para sobrevivir, pues por años ha construido un aparato estatal que mediante la represión ha logrado mantenerse en el poder.
Esa capacidad sigue intacta y parece imprevisible cuál será el camino que tomará Delcy Rodríguez como sucesora de Maduro. Sus primeras declaraciones intentan aplacar las amenazas provenientes de Washington, pero reafirman su lealtad al chavismo, una contradicción que en algún momento deberá definir.
Se anticipa una transición compleja que se espera derive en una reinstauración de la democracia, pero donde ronda la sombra del caos y de un resurgimiento de la versión más radical del alicaído chavismo.
Mientras los atemorizados venezolanos recogen los escombros que quedaron de la incursión militar y de la era Maduro, el sistema internacional tiene el desafío de revisar aquel diseño que surgiera en la Sociedad de las Naciones y que perdura en la Organización de Naciones Unidas (ONU). Este modelo —que algunos llamaron idealista— sentó las bases del orden mundial de la post Segunda Guerra Mundial, basado en el Derecho Internacional, donde la libertad de los pueblos expresada en un sistema democrático permitiría alcanzar lo que antes Immanuel Kant llamó la “paz perpetua”.
La Guerra Fría y un Consejo de Seguridad de la ONU donde se sentaron las cinco principales potencias con derecho a veto permitieron mantener una cierta “ilusión” de comunidad internacional, que más bien fue un entendimiento entre las entonces grandes potencias. La realidad se asemejaba bastante a lo que el teórico del realismo Hans Morgenthau llamó “un equilibrio de poderes”.
Con la disolución de la Unión Soviética parecía que había llegado el fin de la historia, según Francis Fukuyama, pero otros conflictos —se llegó a hablar de un choque de civilizaciones— golpearon al mundo con guerras, terrorismo e, incluso, con un retroceso de la democracia. La bonanza política y económica dio paso a la insatisfacción y a los cuestionamientos. Quienes antes enarbolaban las banderas de la libertad comenzaron a criticar y a desconocer aquellos fundamentos propios de las sociedades occidentales, cayendo en un revisionismo de los valores básicos que forjaron el mundo libre. La ideología estaba de vuelta, ahora en forma identitaria y contestataria.
Como espectadores, los organismos internacionales siguieron el juego ideológico esgrimiendo una neutralidad inmovilizadora y agravada por la imposibilidad de actuar “por diseño”.
En este escenario, tras la incursión militar norteamericana, se han levantado voces en defensa de los principios de la autodeterminación de los pueblos, la no interferencia y el respeto a la soberanía nacional. Pero ha sido precisamente la utilización sesgada de esos principios, especialmente en América Latina, lo que ha dado pie a un respaldo irresponsable al régimen dictatorial cubano, a la dictadura de los Ortega en Nicaragua y al chavismo en Venezuela, tolerando la sistemática violación de los derechos humanos contra dichos pueblos.
Esa aparente neutralidad, expresada en un doble estándar, ha debilitado la capacidad del sistema internacional, y regional, para actuar en defensa de la democracia y de la libertad, lo que se hizo evidente luego del desconocimiento de los resultados en las elecciones venezolanas de 2024.
La condescendencia que ciertos países latinoamericanos tuvieron hacia el régimen de Maduro —y que tienen con Cuba— dio paso a la decisión de Washington, la que debió haberse evitado.
Francisca Alessandri