Persisten los daños por incendios y persisten por décadas.
Un equipo internacional de científicos publicó, hace 35 días, en la revista Catena, una investigación que comparó las huellas de los incendios en dos sectores de Chile, durante las últimas décadas: el cerro La Campana y la cordillera de Nahuelbuta. (doi 10.1016/j.catena.2025109431).
Los científicos comprobaron daños que duraban más de 23 años.
Hay esperanzas. El Dr. Francisco Matus, del Departamento de Ciencias Químicas y Recursos Naturales en la U. de La Frontera, uno de los autores, me escribe que “la naturaleza tiene una memoria que se resume en un concepto que los ecólogos manejan: la “redundancia funcional”. Me explica que distintas especies en un lugar cumplen funciones similares, así es que, si una especie se pierde, la función se mantiene.
Pero eso no elimina las huellas de un incendio.
Lideró la investigación Jhenkhar Mallikarjun, de la Universidad alemana de Göttingen. De Chile participaron, además del Dr. Matus, Rodrigo Castro, de la UC de Temuco, y Michaela Dippold, que trabaja con el Dr. Matus. Además, firman investigadores de la U. de Tubinga en Alemania, de Berlín y del Instituto de ciencias del suelo de Moscú.
¡Qué minucioso trabajo! El Dr. Matus me envió otras publicaciones que asombran por los métodos de investigación: uno sobre la datación de incendios utilizando sensores remotos (doi.org/10.1016/j.mex.2024.103011) que se refiere al “Google Earth Engine” que procesa inmensas bases de datos. Por ejemplo, entre sus fuentes están imágenes satelitales del Landsat 8 y el Sentinel-2: seis mil imágenes cada día.
En Nahuelbuta y La Campana utilizaron sensores remotos para analizar los suelos quemados, pero, además, los científicos se arrodillaron para estudiar los suelos prácticamente con cucharitas, con equipos de laboratorio, para reconocer los efectos del fuego a lo largo de décadas.
Por ejemplo, midieron las cenizas, cómo estas se infiltran en los suelos más mullidos, afectando la química y la biología de las plantas. Las cenizas se depositan — dice un párrafo— y exacerban la hidrofobia tapando los poros, generando un pavimento erosionante y disminuyendo la infiltración de agua.
Estudiaron la química de los minerales y las sales ante el fuego. El derretimiento forma terrones, afectando la posible repoblación de especies.
El trabajo tiene 13 páginas, tres dedicadas a la bibliografía. ¡Qué inmenso avance el de las ciencias forestales!
Una palabra destaca: “cronosecuencia”. Los científicos ordenan los episodios y sus efectos en el tiempo.
Con toda esta información, ¿es posible prevenir, mitigar o reparar los daños? “El trabajo no sugiere procedimientos para mitigar”, me escribe Jhenkhar Mallikarjun… “pero, obviamente, destroza lo que yo y, probablemente, muchos pensábamos, eso de que la naturaleza eventualmente se autorrepara”.
La naturaleza tarda mucho tiempo en curarse, y peor si hay otro incendio en el mismo lugar, me escribe. La forma de recobrarse en Nahuelbuta es diferente en Las Campanas, así es que las estrategias para mitigar o reparar no son iguales. Se necesita conocer cada lugar para generar estrategias apropiadas.
Cada dos años, desde 2009, se reúne el Congreso Internacional sobre los efectos del fuego en las propiedades del suelo. En noviembre fue en Pucón: llegaron expertos desde España, Brasil, EE.UU., Rusia y Chile, expusieron 40 trabajos.
Al final, recorrieron la Reserva Nacional China Muerta, incendiada en 2015, perdiéndose 3 mil hectáreas de bosques. Los guiaron expertos, como la Dra. Susana Paula, articulando ciencia, manejo, paisaje.
La ciencia responde, el problema es mundial, por el cambio climático.
Nuestra Agencia Nacional de Investigación (ANID) financió en parte el trabajo publicado en Catena. En él subrayé dos llamados a estudiar cada bosque para así responder específicamente ante cada incendio.