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Cartas
Sábado 12 de julio de 2025
Un debate mal concebido
Señor Director:
La profesora Lucía Santa Cruz sugiere que es un error, o una ingenuidad, no debatir acerca de las convicciones ideológicas de la candidata Jara. Después de todo, arguye, el comunismo es una suerte de religión, una convicción final acerca del sentido de la historia que cancela el valor intrínseco de la democracia. Por supuesto uno puede caracterizar al marxismo de esa forma o incluso, de otra forma más precisa, como una teodicea intramundana. Y ese tipo de caracterizaciones, sobra decirlo, también podrían hacerse del liberalismo o el conservadurismo.
Sin embargo, es profundamente errado convertir la competencia presidencial en un debate acerca de las convicciones ideológicas finales que abrigan los candidatos o en un debate acerca de filosofía de la historia.
Y no se trata solo de Jeannette Jara. Tampoco la próxima contienda presidencial es acerca de las convicciones morales de, por ejemplo, José Antonio Kast, o acerca de los juicios retrospectivos que él, o la candidata Evelyn Matthei, están dispuestos a formular acerca de la dictadura a la que en su hora aplaudieron o frente a la que ominosamente callaron para lo que hubieron de tener también una justificación histórica global. ¿No fue Mario Góngora quien llamó la atención acerca de eso?
Lo razonable en el juego democrático es, en cambio, empujar a los candidatos —a todos— a elaborar una propuesta clara y dejarles igualmente claro, también, la responsabilidad de ser fieles a aquella que formulen, al margen de cuáles sean sus convicciones finales. Pero transformar en programa y en voluntad de realización una convicción final y global es profundamente erróneo, como lo prueba el hecho que conduce a conclusiones que, estoy seguro, nadie en su sano juicio aceptará.
Una reducción al absurdo permite comprender el tipo de demasía a que todo esto conduce. Si es verdad que Jeannette Jara está atada a las convicciones de Lenin y que abriga la voluntad seria de imponer la dictadura del proletariado, y que impondrá esa voluntad a la coalición, entonces parece obvio que si gana se acabará la democracia. Pero si eso es así, entonces, ¿por qué no impedirle que participe y emplear todos los medios para lograrlo?
Carlos Peña