En las últimas semanas, algunas y algunos nos hemos involucrado en la discusión en torno al impacto de realizar eventos masivos y ejecutar obras públicas en parques de Santiago. En lo personal, he intentado enfatizar el riesgo que significa reducir los argumentos (a favor o en contra) al número de árboles afectados, como si la trascendencia histórica de los paisajes en cuestión dependiera de un algoritmo. Ahora bien, eso no significa que como verdaderos “sobrevivientes” de vaivenes culturales, políticos y económicos los árboles no tengan importancia en la configuración de estos sitios; basta con decir que el nombre Parque Forestal enfatiza que este se sustenta en la existencia de un bosque, o recordar que en el otrora Parque Cousiño se construyeron los dos viveros que alguna vez tuvo la ciudad para materializar ese y otros proyectos urbanos.
Vistas así las cosas, no son 20 árboles, sino el significado que su conjunto establece. Ya lo sabía el escritor, naturalista y preservacionista norteamericano John Muir, quien, hace exactamente 110 años, llegó a los pies del volcán Tolhuaca, en la Región de La Araucanía, con la misión autoimpuesta de conocer y explorar los bosques de Araucaria araucana o pewén. En su diario de viaje (en
https://scholarlycommons.pacific.edu/jmj), Muir escribe: “Después de cruzar muchas crestas y arroyos, praderas heladas y musgosas y espaciosas, llegamos a la vista de una cima de 1.000 pies de altura al lado sur de una pradera glaciar, cuya cima estaba bordeada por la tan buscada araucaria… Recorrimos la cresta una o dos millas, admirando… Araucarias en grupos dispersos o individualmente… bordeando el horizonte… Una vista gloriosa y novedosa, más allá de todo lo que había esperado”.
En su andar, Muir vislumbraría también las consecuencias de una incipiente sequía y de la erosión provocada por la industria agrícola-maderera: “Creo que nunca he pasado por un bosque más fino de árboles de madera dura… Pero se están destruyendo rápidamente… Los madereros alquilan o compran grandes extensiones; cortan lo más valioso y luego queman despiadadamente todo lo que queda… Las ramas secas y la maleza se amontonan alrededor de cada árbol y la quema continúa hasta que no quedan más que monumentos negros de todo el frondoso bosque. Entonces se siembra trigo alrededor de tocones y desechos, y se rastrilla y se cosecha con hoces”.
No nos vendría mal recorrer y pensar nuestros parques como monumentos que nuestro pensamiento actual, dominado por la militancia y la cancelación, pareciera estar dispuesto a derribar.
Romy Hecht
Arquitecta