Una estudiante de nuestra universidad fue sometida a un trato ultrajante por un grupo de sus compañeros. Este episodio deja a una joven que ha sufrido un dolor auténtico y profundo, que se ha sentido aislada, sola, atacada, y a una comunidad reflexionando al respecto. Polette se ha sentido juzgada culpable y castigada por sostener ideas políticas que, como es propio de cualquier joven con convicciones ideológicas, y en su más profundo sentido identitario, no pretenden dañar a nadie, sino simplemente construir una sociedad mejor. Si bien se trata de una situación que no representa ni constituye la realidad de nuestra convivencia, afecta varios de los valores más preciados que caracterizan a la Universidad de Chile: el pluralismo, la tolerancia y la diversidad.
Estos agravios (a los que en décadas recientes se hace referencia como
bullying) hoy se reiteran
ad infinitum por todo Chile en múltiples aulas, de enseñanza básica a universitaria, y en hogares y oficinas. Seguramente, si hubiera ocurrido en otra universidad, no nos hubiéramos enterado, pero porque ocurre en la Universidad de Chile ha concitado opiniones y reacciones de todos los sectores y referentes políticos y sociales del país. Esto es entendible, pues acontece en esta institución pluralista, laica e inclusiva que constituye origen y fundamento de la nación, por lo que afecta el alma de nuestra sociedad, la que ha de pedir explicaciones. Quienes somos responsables de la conducción de esta institución debemos hoy responder.
La Universidad de Chile es de todas y todos, no tiene dueño, y debe ser reconocida y cuidada, y así lo hacemos en su interior cotidianamente. Debemos volver a decir que, a pesar de la desatención por la educación pública desde hace décadas y sus consecuencias, la Universidad de Chile sigue prevaleciendo en los
rankings y hace lucir a nuestro país en la región. Sigue garantizando un cuerpo estudiantil que incorpora a todos los niveles socioeconómicos. Contribuye a la articulación tanto horizontal del sistema universitario como vertical con los demás niveles, como lo demuestra la responsabilidad que hemos recién asumido ante la situación del Instituto Nacional. La Universidad comprende una comunidad de 40 mil estudiantes y no debe jamás ser confundida con la acción de grupos que se dejan capturar por el sectarismo o la violencia que, aunque minoritaria, existe en nuestra sociedad.
Esta es una oportunidad de reflexión y aprendizaje para la comunidad universitaria y la sociedad en su conjunto. Pero también hoy tenemos que traducir la conmoción por este hecho, más otros acontecimientos recientes que también tuvieron repercusiones serias, en una conciencia más lúcida y en medidas más enérgicas que enriquezcan la convivencia, el pluralismo y la diversidad que caracterizan a nuestra universidad.
Lo que aquí se ha evidenciado, más que un problema de convivencia es uno de violencia política en un contexto de desafección de los jóvenes por la política institucionalizada. Sería un error grave que nosotros como universidad no respondiéramos activamente a las lecciones que nos deja lo ocurrido. Sería igualmente grave que el mundo político se limitara a repudiar lo que sucedió y se desentendiera de su responsabilidad para con el contexto intelectual y social en que está inmersa esta comunidad universitaria, que absorbe, analiza, piensa, representa e imagina la nación.
Como rector de la principal universidad pública del país, les garantizo que seguimos trabajando, como lo hemos venido haciendo durante 176 años, por una Universidad de Chile fundada en los valores de la diversidad, pluralismo, tolerancia y excelencia, cuyos objetivos son el bien común y el engrandecimiento de la nación y sus habitantes. Para cumplir esta misión, consideramos que cada uno de nuestros integrantes, con sus diversos talentos y visiones, constituye un pilar fundamental, único e irremplazable.
Ennio Vivaldi
Rector de la Universidad de Chile