La iniciativa de Joaquín Lavín, y sobre todo el debate que le ha seguido, acerca de la construcción de viviendas sociales en Las Condes, tiene una importancia pública que es imposible exagerar.
Esa importancia va mucho más allá del desempeño del alcalde o de su futuro político.
Para advertirlo es necesario un breve rodeo.
El año 1951, Heidegger dictó en Darmstadt una famosa conferencia que lleva por título "Construir, habitar, pensar". En ella sugería distinguir entre construir y habitar. Mientras construir alude sobre todo a una labor técnica (erigir esto o aquello), habitar equivaldría, en cambio, a situarse en un cierto ámbito, cuidarlo y ser capaz de reconocerse en él. Bachelard, en su poética del espacio, insistió en un punto semejante: los seres humanos ordenan el mundo en derredor a partir del lugar que habitan. El ser humano es el único animal que construye porque habita; se inventa un sitio donde vivir para desde allí organizar su mundo (en todo sueño de casa, se lee en Bachelard, hay una inmensa casa cósmica en potencia).
A la luz de lo anterior, es fácil comprender los alcances transformadores que tiene el proyecto que ha emprendido Lavín.
Y es que los santiaguinos no solo tienen posibilidades de construir casas distintas: habitan mundos distintos.
La ciudad de Santiago está geográficamente estratificada. Los barrios de la ciudad están construidos, erigidos al compás del ingreso, de la distinción de renta. El lugar donde cada uno vive ha llegado a ser (de una manera más exagerada y definitiva que en otras partes) un marcador sociocultural, un distintivo invisible, una estrella de David citadina en la solapa, una biografía muda, casi un predictor de desempeño en muchas áreas de la vida. El domicilio de cada cual se ha transformado, como consecuencia de lo anterior, en un indicador indirecto de la herencia que se porta, el lugar del sistema escolar al que se asiste, una señal inequívoca de la posición, en suma, que se posee en esa escala invisible que es la estructura social.
Y lo que es peor, se ha transformado, o se está transformando, en formas de habitar alejadas unas de otras, maneras distintas de situarse ante el mundo y los demás.
Si cada uno, como enseña Bachelard, ordena el mundo en derredor, lo concibe y lo comprende a partir del lugar que habita, es fácil comprender lo que lo anterior significa para la sociabilidad chilena.
La iniciativa de Lavín puede ser una forma de torcer poco a poco ese destino de la ciudad que la dictadura se esmeró en acentuar con las erradicaciones que practicó.
Se trata de un proyecto que no tiene nada de inocente ni para la ciudadanía ni para la política. Y si, como es de esperar, su ejemplo prende y la iniciativa se multiplica, si otros alcaldes de comunas de altos ingresos impulsan proyectos semejantes y si los vecinos abandonan los pretextos ecológicos y de otra índole con que disfrazan su simple deseo de subrayar en el espacio su pretendida diferencia social, él podría resultar, en el mediano plazo, harto más revolucionario que cualquier asalto utópico o que cualquier ofensiva ideológica.
Incluso, podría resultar harto más revolucionario que cualquier iniciativa similar a Un Techo para Chile, porque, siguiendo con la distinción, mientras esta última tiene un tinte inevitablemente paternalista y está restringida al construir, a proveer un techo, algo que, como se comprende, no pone en duda ni la posición ni la identidad social de quien se compromete a ayudar (por el contrario, suele subrayarla), la iniciativa de Joaquín Lavín exige de los vecinos mucho más que entregar tiempo o dinero; exige algo de lo que cuesta muchísimo más desprenderse: prescindir de la ilusión física del propio lugar en la sociedad.
Por supuesto, los pretextos para seguirse oponiendo al proyecto (y a otros, como los de Peñalolén) continuarán y llamarán en su auxilio desde la plusvalía hasta el bosque de espinos encaramados en un cerro, pero ninguno de ellos podrá ocultar que lo que aquí está en juego es esa fantasía que abriga tanta gente, de habitar un mundo propio, excluyente, algo hecho a la medida de las propias relaciones, y respecto del cual todos los demás son extraños, gente ajena con la que se poseen relaciones de estricta utilidad.