A veces los creadores de cascos deportivos como los que usan algunos pilotos de autos de carrera buscan imitar la forma del cráneo del pájaro carpintero.
El cerebro de esta ave ametralladora aguanta remezones tales que, bastaría la aceleración de un décimo de la que sufre el pájaro, para que a un ser humano se le produjera un traumatismo encéfalo craneano. ¿El cráneo y su forma protegen al cerebro del carpintero?
El viernes pasado, la revista científica PLOS ONE publicó un estudio que cala más profundo. Peter Cummings, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston, afirma: "Lo raro es que no hayan examinado el cerebro para buscar si sufre daños".
Él y su equipo consiguieron cerebros de estas aves y cortaron lonjas la quinta parte del espesor de una hoja de papel.
Buscaban la acumulación de la proteína tau.
Las proteínas tau son como las golondrinas chilenas que se instalan en los cables eléctricos entre postes. Si las neuronas fueran postes, estarían comunicadas entre sí por esos cables, los axones. Las proteínas tau se enrollan en los axones, protegiéndolos y dándoles estabilidad aunque se mantienen flexibles, explica George Farah, estudiante de doctorado en la Escuela de Medicina.
Pero, escribe Peter Cummings, en humanos, el exceso de proteínas tau puede ser un síntoma de daño cerebral. Pueden interrumpir la comunicación entre neuronas y comprometer las funciones cerebrales para conocer, emocionarse y moverse.
Las lonjas de cerebro de los carpinteros mostraban muchas más proteínas tau que los cerebros del grupo de aves de control, que no eran carpinteros.
¿Cerebros dañados?
El profesor Cummings duda de que esos cerebros estuvieran dañados. Los carpinteros son así; datan de hace 25 millones de años; si su metralla de picoteos les causara daño, no habrían resistido, la evolución protege sus conexiones neuronales con las proteínas tau, sugiere la investigación.
¿Habrá que darles una segunda mirada a las proteínas tau en los cerebros humanos?
Los cerebros animales abren caminos.
Si Cummings y su equipo hubieran leído el artículo "Análisis mecánico del tamborileo del pájaro carpintero", en la revista "Bioinspiración y biomimética" de marzo de 2011, habrían visto la explicación de Sang-Hee Yoon y Sungmin Park: el secreto está en la lengua.
La lengua del carpintero se extiende tres veces el largo del pico. Cuando no está en uso, se retrae más allá del maxilar y se enrolla en la cabeza hasta curvarse hasta las profundidades de la nariz. La lengua y su estructura de apoyo actúan como el colchón del cerebro.
Lo cita Walter Isaacson en su recién publicada biografía de Leonardo da Vinci. El genio anotó hace unos 500 años en su listado de pendientes: "Estudiar la lengua del pájaro carpintero".
Lo podemos ver ametrallar en nuestros bosques... y preguntarnos.