Se queja amargamente Arturo Salah de la actitud de los nuevos entrenadores, que reclaman por todo. Le han dolido sobre todo las quejas de Pablo Guede, quien no solo duda de la rectitud de los procedimientos del directorio, sino que también ironiza con metáforas del tipo "jugar a la pinta con los aviones" o "fumar bajo el agua", para dejar en claro que son muy vivos para perjudicarlos.
Suma el presidente a varios de sus jóvenes colegas que acusan conjuras, ven conspiraciones arbitrales y tratan siempre de victimizarse, olvidando que esa actitud está en el gen indestructible de los entrenadores, y que el propio Salah criticaba sin pudores a los dirigentes en su época. Igual, desde la otra vereda ha rectificado su posición en pos de una armonía que escasamente podrá conseguir, porque no existe un técnico que no recurra al llanto como vía de explicación para sus propias carencias. Cuando estás en un cuadro pequeño, contra los privilegios de los grandes; cuando llegas a un poderoso, en contra de los poderes fácticos.
Debería estar preparado el timonel del fútbol, porque en una lucha cerrada por el título varios querrán mirar bajo el agua, y desde más de una trinchera apelarán a la "gran Barroso": cuando pierdan dirán que todo está arreglado. Si quiere un cambio Salah, debería apelar a los reglamentos y pasar a los suspicaces por los tribunales.
Lo que excede los márgenes es lo de Esteban Pavez, quien como argumento de control táctico apeló a recordarle a Buonanotte el accidente donde murieron sus mejores amigos. En los códigos futboleros, hay quienes forjan su personaje no solo en el recio andar, el vigor de la marca y la rudeza del vocabulario. Marco Materazzi se ganó una estatua por sacar de quicio a Zinedine Zidane en una final y Gonzalo Jara empatizó con la hinchada más dura al recordarle -también manualmente- a Edinson Cavani la desgracia de su padre.
Con el paso de los años, actitudes destempladas y crueles como las de Pavez terminan siendo parte del anecdotario, se transforman en "cosas del fútbol" y, como suele decirse, lo que pasa en la cancha queda en la cancha. Así se han justificado las más grandes barbaridades y los escépticos no nos tragamos la cantinela de que los jugadores son lo más noble del fútbol ni que todo se olvida con el pitazo final.
Lo de Pavez es tan condenable como el escupo de la vez anterior, y tan sancionable como la patada de Sebastián Pol. Son actitudes reñidas con la ética, el buen gusto, la deportividad. Son las cosas que deberían ser condenadas por dirigentes y técnicos, con hidalguía y afán formativo, porque si estamos pidiendo transparencia, rectitud y procedimientos limpios ante cualquier tontería, lo mínimo es predicar con el ejemplo.
Pablo Guede, si quiere ser además de un gran técnico una buena persona, debería tenerlo claro. Si no, será uno más de los que fuman bajo el agua.