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Cartas
Sábado 09 de abril de 2016
¿Tiempo de repensar nuestro régimen político?
Hace dos semanas, el semanario The Economist venía en portada con la foto de la Presidenta Dilma Rousseff con el sugerente título "Tiempo de irse". El análisis, en páginas interiores, es una demostración muy transparente, aunque inconsciente, de las dificultades de resolver crisis políticas profundas en los regímenes presidenciales. Es difícil anticipar cómo va a evolucionar la crisis de la principal economía de América Latina, pero todos los escenarios que se visualizan son muy complejos. La solución ciertamente va a ser de carácter político, pero es posible que carezca de la legitimidad necesaria para dejar atrás el enrarecido clima que se ha creado.
En otros regímenes de gobierno, en particular el parlamentario, las salidas a estas crisis políticas son más fáciles de administrar. En efecto, frente a una situación de esta naturaleza en sistemas parlamentarios la coalición mayoritaria reemplaza al Primer Ministro, o si no hay acuerdo en torno a ello, por ejemplo, se aprueba un voto de no confianza en el Gobierno, el Parlamento se disuelve y se convocan a elecciones anticipadas. Nada de esto es especialmente traumático y los nuevos gobiernos que se forman, al tener el respaldo mayoritario del Parlamento o, eventualmente, de la ciudadanía, adquieren la legitimidad necesaria para gobernar.
Por diversas razones empíricas y teóricas, entre otras su capacidad para resolver crisis políticas y una tendencia casi natural en el presidencialismo a enemistar al Ejecutivo con el Legislativo, la literatura especializada ha mostrado una preferencia por el parlamentarismo. A pesar de esta inclinación académica, la oleada democratizadora de los años 80 y 90 en distintas regiones del mundo mostró una predilección de la política por soluciones presidenciales o mixtas, quizás resultado de nuevas investigaciones en ese entonces que sugerían que bajo arreglos institucionales específicos los regímenes presidenciales podían tener un desempeño similar a los parlamentarios. Sin embargo, en estas "nuevas" democracias presidenciales y semipresidenciales las crisis políticas han sido frecuentes. Y en muchas las soluciones han sido articuladas por el Poder Legislativo, aun cuando la institucionalidad no lo tiene formalmente contemplado. Esto puede interpretarse como un descanso en el parlamentarismo como recurso de última instancia.
Desde el retorno a la democracia, Chile no ha tenido crisis políticas de gran envergadura, aunque hay episodios que algunos expertos califican como tales, y que se han resuelto por la cooperación del Poder Legislativo con el Ejecutivo, revelando inadvertida e indirectamente que el parlamentarismo puede ser un buen régimen político para Chile. Atendida la experiencia comparada, nada asegura que esa cooperación siga en el futuro, sobre todo porque se han ido combinando diseños institucionales -fuerte presidencialismo, segunda vuelta presidencial, potencial fragmentación en el Congreso, requisitos bajos para la formación de partidos- que aisladamente pueden tener sus méritos, pero que en conjunto reducen la cooperación entre los poderes del Estado. Quizás esta posibilidad es la que ha alentado a cada vez más personas a pensar en un régimen semipresidencial para Chile. Pero este régimen político, tal como mostró la experiencia francesa, puede exacerbar, en caso de cohabitación, los problemas que se asocian al presidencialismo. A tal grado que llevó a Francia a diseñar un esquema electoral que, por la vía de minimizar la posibilidad de cohabitación, logra que dicho régimen se acerque al parlamentarismo -elección prácticamente simultánea de Presidente y Asamblea Legislativa (sus miembros son elegidos un mes después que el Presidente), y ambas son mayoritarias con segunda vuelta.
Una crítica común a los sistemas parlamentarios es que a veces cuesta formar gobierno, como ocurre actualmente en España o hace algún tiempo en Bélgica. Pero estas situaciones no pueden calificarse como crisis políticas: hay gobiernos en funciones, la administración del Estado cumple normalmente sus labores y el camino que hay que recorrer para la formación de un gobierno es preciso y no arbitrario. Es un costo menor al lado de los potenciales beneficios del régimen parlamentario.
Ahora que se discute la Constitución, a veces poniendo el foco en exceso en aspectos meramente declarativos, cabría poner por delante las reglas fundamentales de nuestra vida en común. No cabe duda que el régimen político es una de ellas. Y el parlamentarismo puede ser superior al régimen actual u otro alternativo.
Harald Beyer
Centro de Estudios Públicos