Antiguamente existió un equipo que se armaba con jugadores de Everton y Wanderers y se llamó combinado porteño.
En amistosos durante el verano, contra River Plate, Peñarol, Nacional o Alianza de Lima, o bien frente a la Selección Nacional en el puerto, Viña o la capital.
Y se le aplaudía y quería tanto en una ciudad como en la otra.
Era una señal de amistad y hermandad.
Mitad y mitad y tanto el uno como el otro.
No había herejía ni horror ni espanto.
Esto fue antes del nacimiento de las tribus y del planeta de los simios.
Antes que los dirigentes de la cosa nuestra aleonaran a los líderes más decididos y rabiosos, para construir un ejército oscuro que podía ser barra, brigada o grupo de choque.
Antes existía el duelo con el mejor enemigo. Ni más ni menos.
Y eran los wanderinos y los evertonianos. Y cada cual con su historia de penas y alegrías. Tan orgullosos los unos como los otros.
Eran los mismos y del cerro Placeres me pasé a Uno Norte y de la avenida Pedro Montt llegué hasta Libertad y del cine Avenida, frente a la Católica, me pasé al Oriente en 10 Norte con calle Quillota.
El combinado porteño.
Un cuadro ocasional y que existía un par de veces al año.
Juntos contra algo.
Entonces las glorias de Santiago Wanderers, por ejemplo, Mario Griguol, Reinaldo Hoffman o Juan Álvarez, con las de Everton: Daniel Escudero, David Henry o Alfredo Bravo.
Además Juanito Olivares es de Santa Inés, cerro de Viña.
Daniel Sánchez, central viñamarino, fue estibador del puerto y vecino del Cerro El Litre.
Y por si alguien no lo sabe, Jaime Riveros, en la década pasada, fue campeón con un equipo y con el otro. Y los jugadores que han vestido ambas camisetas con igual esfuerzo y profesionalismo son incontables. Desde el viejo Raúl Sánchez al capitán Erasmo Zúñiga. Desde Martín García a Roberto Bonano y Luis Guarda, Chicho García, Matías Donoso y los con mejor memoria podrán sumar y sumar.
En el combinado porteño estaban unidos los ídolos de ambos equipos. Con algo de encantamiento y magia, pero también pedagogía, enseñanza y humildad. Y con eso que les enseñan a los niños chicos: aprender a compartir, sentir al rival como hermano, entender al vecino, no dejar solo a nadie y nunca olvidar que el sol brilla para todos.
Desde las luces de Laguna Verde y desde el faro Punta Ángeles, hasta el lejano perfil de Concón y la llama eterna de una antigua refinería.
Aunque parezca anacrónico, inútil e ingenuo, pero se necesitan ideas que limpien, reúnan, purifiquen y tengan sentido.
Everton y Wanderers nacieron por los mismos cerros, valles, acantilados y playas.
El combinado porteño era una oportunidad tangible y real.
Ese mundo podía tener nombre y para eso el equipo: la buena tierra existe.