En el gabinete de la Presidenta Bachelet conviven dos vidas humanas radicalmente distintas que, al mirarlas de manera simultánea, configuran un verdadero retrato en miniatura del Chile contemporáneo. Y, de paso, explican algunos de los problemas que aquejan hoy al Gobierno.
Se trata del ministro Peñailillo y del ministro Eyzaguirre.
Son dos personas con trayectorias vitales tan diversas y pertenecientes a generaciones tan distintas que resulta casi insólito que pudieren encontrarse en un mismo gabinete.
Eyzaguirre pertenece a la generación que creció en los sesenta; él es un miembro de esa escasa minoría que por esos años llegaba a la universidad (quizá un 5% de quienes estaban en edad de hacerlo) y que, al encontrarse en ella, adquiría una rotunda conciencia de ser vanguardia de la sociedad. Esa conciencia era el resultado de la culpa por su condición privilegiada, algo que parte del catolicismo de esos años alimentaba, y de la convicción política que le brindó la izquierda. En él se mezclan la sincera adhesión a las ideas de centroizquierda con la conciencia de que por su origen de clase no pertenece naturalmente a ella. Quizá eso explique la rara compulsión del ministro Eyzaguirre por subrayar y demostrar una y otra vez, con sus actitudes informales, sus bromas y su elaborado descuido, que él ha hecho abandono de su origen. Freud, en un breve artículo que lleva por título “La negación”, analiza el caso de un paciente que le relata haber soñado con una mujer y le advierte: ¡No era mi madre! “Entonces era su madre”, concluye Freud. Y es que, casi siempre, negar sin motivo aparente es una forma de afirmar y subrayar una y otra vez aquello que se niega.
El ministro Eyzaguirre contribuyó a modernizar el país, a expandir el consumo, a borrar los signos externos de status, a poner el acceso de la educación superior al alcance de todos los sectores sociales, las grandes mayorías, a las que históricamente se les había negado. Hoy día advierte que, al hacerlo, sembró también la semilla permanente de la desigualdad y se esmera en corregirlo; pero, en medio de ese esfuerzo, hay algo en él que lo desvía: el permanente empeño por negar, como el paciente de Freud, lo que es. De ahí su compulsión por hacer frases livianas, su informalidad, su renuencia al orden.
Peñailillo, por su parte, pertenece a la generación que creció en la segunda mitad de los setenta y cuando llegó a la universidad, esta institución ya había comenzado a masificarse, a ser una experiencia al alcance de todos.
Peñailillo, pues, no tuvo conciencia de vanguardia o de minoría. En vez de eso, tuvo conciencia de ciudadano, de miembro pleno e igual de la sociedad que se esfuerza por hacer valer, con astucia y sin miedo al conflicto, su punto de vista. Peñailillo no tiene conciencia de culpa, tiene ambición de poder, lo que es distinto. No tiene necesidad de subrayar su origen mesocrático porque lo lleva con orgullo y con la naturalidad con que respira. Lo mostró con largueza en la interpelación, ese rito inútil, que le hizo Edwards: en el Congreso mantuvo el tono de quien está a sus anchas consigo mismo, sin necesidad de estridencias ni de alardes; mientras Edwards, con sus ademanes, sus excesos y sus agitaciones, parecía empeñado en mostrar, cada vez que intervenía, sus limitaciones.
Peñailillo creció en medio de los gobiernos de la Concertación, mirando el desempeño de aquellos a los que hoy dirige. Él sabe que la modernización que Chile ha experimentado en las dos últimas décadas y que les permitió a las mayorías cambiar su vida de una forma que antes tomaba dos o tres generaciones no fue producto del entusiasmo, sino de la sagacidad; no del mesianismo, sino del poder; no del desprecio por los límites, sino de la aguzada conciencia de ellos. Por eso, en vez de detenerse en las frases y en lugar de estimular las expectativas para cambiarlo todo, procura simplemente conducirlas hacia caminos más contenidos.
Cincuenta años atrás, Eyzaguirre y Peñailillo hubieran sido personajes de José Donoso, el autor que mejor retrató las transformaciones de la sociedad chilena en la segunda mitad del veinte: uno como si resistiera la caducidad del grupo a que pertenece, el otro exhibiendo la vitalidad del suyo.
Eyzaguirre y Peñailillo son portadores de las pulsiones encontradas que hoy animan a la Nueva Mayoría: la de quienes anhelan reverdecer la ilusión de ser portadores de un mensaje redentor, y la de aquellos que, porque conocen a las mayorías, piensan que, inevitablemente, hay que conducirlas hacia la tierra prometida con las armas de la astucia y del poder.