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Cartas
Viernes 06 de junio de 2014
Fútbol y educación cívica ciudadana
El revuelo noticioso que cada cuatro años originan los mundiales de fútbol puede deberse a las múltiples funciones que cumple, muy arraigadas en la naturaleza humana: juego, recreación compartida, deporte, espectáculo, competencia, profesión, fuente laboral y de literatura y empresa, industria o negocio, con todo lo que significa cada una de ellas. Es decir, el fútbol ha llegado a ser, -a pesar de Borges que lo calificó de estupidez humana-, una realidad social de primer orden o religión del futuro como afirman otros, en torno al cual se desarrollan variados intereses en amplios ámbitos de la sociedad y del Estado.
Otros factores que explican su arraigo a nivel nacional y en más países de los que integran las Naciones Unidas, son su idioma planetario, claro y comprensible aplicado a escala humana, la transparencia del juego y sus alcances reflejada en la sugerente y evocadora expresión "juego limpio", y su capacidad de hacer partícipes a todos los sectores sociales sin discriminación de ningún tipo. En este sentido, el fútbol realiza mejor que ninguna otra actividad principios y normas de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el discurso con frecuencia retórico de la igualdad de oportunidades. Su potencial educativo como permanente fuente de aprendizaje cívico, empoderamiento legal y valórico, de práctica de virtudes y cumplimiento de reglas, sin las cuales -como en la vida misma-, no es posible concebir una existencia justa y pacífica, nos parece, sin embargo, insuficientemente desarrollado.
Como toda actividad humana, el fútbol necesita y tiene reglas propias, las que aplicadas por la justicia deportiva deberían cumplir una importante función pedagógica y de formación del carácter, porque tal como ocurre con las leyes que rigen la vida en sociedad, detrás de unas y otras subyacen valores, virtudes, intereses o bienes que promueven y protegen.
Pero más allá del debate sobre el fútbol como microcosmos de la sociedad o sobre la propensión atávica del ser humano por la violencia y sus distintas formas de expresión, lo cierto es que el fútbol es espacio para la catarsis de frustraciones, escape de los agobios del diario vivir, liberación de emociones y también fuente generadora de violencia. A lo que se suma el afán del éxito propio de la competencia -que algunos confunden con rasgos propios de la guerra-, y el poder corruptor del dinero por sobre las otras funciones que cumple.
Las normas del fútbol, como las de la vida cívica en democracia, tienen que ver con la forma de relacionarse de las personas y con los valores que las sustentan en torno a objetivos de bien común: aquel en relación con el juego y su entorno, y la última con la vida comunitaria.
Por ello, reglas y leyes deben ser accesibles e informadas en lenguaje comprensible al ciudadano común, como lo hace el fútbol, de modo que sean conocidas y respetadas por todos desde temprana edad, como plataforma de justicia, paz, y felicidad de los pueblos. Pensar en el fútbol conduce inevitablemente a interrogantes y comparaciones con la democracia, el derecho y la justicia. La equivalencia de sus reglas con las de la sociedad son manifiestas y tienen aún mucho que conversar y aprender unas de otras a modo de vasos comunicantes.
Mas, junto con conocer y acatar las reglas, la formación cívica ciudadana se nutre del ejemplo de las personas que participan y se interesan por este deporte. Del mismo modo que en la vida colectiva, reglas, leyes y el ejemplo en su aplicación son el mejor antídoto para desterrar la violencia y la corrupción dentro o fuera de la cancha, las que pueden explicarse, pero nunca justificarse.
Juego, recreación, competencia, deporte, profesión, espectáculo o negocio, el fútbol debe y puede ser una oportunidad permanente y prolífica de educación cívica y empoderamiento legal y valórico, especialmente para la infancia y la juventud, que es por donde debe empezar toda política con capacidad de unir a los adversarios.
Luis Bates H.
Centro de Educación Ciudadana
Facultad de Derecho
Universidad San Sebastián