En los créditos de esta película aparecen 20 realizadores, de los cuales tres (Christopher Murray, Maite Alberdi y Antonio Luco) son también guionistas y otros tres (Adolfo Mesías, Jeremy Hatcher y Valeria Hofmann) son parte del equipo de cinco fotógrafos. Todos ellos trabajaron para la dirección general de Murray y el montaje de Andrea Chignoli.
Estos datos, otras veces menores, son relevantes en este caso para subrayar la singularidad de un trabajo colectivo convertido en unitario. Las estrategias para lograrlo son más o menos visibles y reflejan tanto la inteligencia como las limitaciones de una tarea de planificación concienzuda.
Propaganda aborda la campaña presidencial para la primera ronda electoral de noviembre del 2013. Se concentra en cinco de los candidatos, los que obviamente considera más importantes: Michelle Bachelet, Evelyn Matthei, Marco Enríquez-Ominami, Franco Parisi y Roxana Miranda. Otros cuatro quedan fuera de su enfoque –Alfredo Sfeir, Marcel Claude, Ricardo Israel, Tomás Jocelyn-Holt– y ellos podrían, quizás, reiterar su reclamo contra la exclusión de los medios de comunicación o, por otro costado, más sencillamente confirmar que no lograron la relevancia mínima. Pero ese debate no está en la pantalla. El documental se estructura sobre 74 planos fijos, que se enlazan mediante relaciones laxas, como una frase, un nombre, una canción; y avanzan según una progresión que parte en las frivolidades audiovisuales de las campañas y concluye con las mesas de votación vacías y los carteles arrumbados como basura. En cuanto relato, no es lo que podría llamarse una épica de la democracia.
Por el contrario, Propaganda busca el lado B de la política, aquel donde se encuentran con facilidad la manipulación, la alienación, la tontería y el absurdo. Su aproximación es por los costados, por los bordes, por la miseria de los políticos y por esa grasa abundante de las campañas –animadores, productores, publicistas, agitadores– que nunca participa de ningún triunfo. Esta “lateralización” de la historia constituye, por sí misma, una actitud política, aunque desde la ve¬reda de un desencanto altamente estetizado.
Lateralidad y descentramiento: esas son las dos principales operaciones visuales de la película. Con ese registro se podía anticipar que conseguiría momentos notables. Los que hay son casi siempre hilarantes (Golborne avivando con arritmia una cueca de Matthei, un perro que se pasea entre manifestantes tendidos, un veterano que solicita “una consulta” para pedir el voto por Bachelet), a veces devastadores (la satisfacción egótica de Enríquez-Ominami con una descripción elogiosa, el entusiasmo alucinado de Parisi en un camarín de maquillaje), a veces patéticos (el joven que dice que el movimiento estudiantil logró “difamar” sus ideas, el concurso de mujeres parecidas a “Bachalet”) y a menudo crueles, aunque en esto último el récord lo tiene un plano de Daniel Matamala compartiendo una anécdota con Mónica Rincón mientras Roxana Miranda permanece sola a un costado.
La distancia y el extrañamiento son las principales fortalezas fílmicas de Propaganda, aunque también hay en ellas cierta previsibilidad incomodante, la sombra de otra manipulación disfrazada de
détachement. Queda abierta, para que cada quien decida, la interrogación política: ¿a esto está reducido el principal acto de la democracia chilena?
Propaganda. Dirección: Christopher Murray. Con: Michelle Bachelet, Evelyn Matthei, Franco Parisi, Marco Enríquez-Ominami, Roxana Miranda. 62 minutos.