Hace pocos días se conmemoraron 25 años del “plebiscito ratificatorio” —así se le presentó al general Pinochet—, destinado a mitigar las críticas internacionales proveyendo de un manto de legitimidad a la prolongación de su poder por ocho años. Pero las cosas no salieron como estaban planeadas. El ganador de esa contienda es claro y conocido: el “No”, y tras él, la emergente Concertación. Lo que es menos evidente es quién perdió el 5 de octubre de 1988.
Los políticos civiles de la derecha de entonces han cargado la derrota a las espaldas de los militares. Lo que selló la derrota habría sido la intransigencia de Pinochet, que insistió a toda costa en ser candidato, y la incompetencia de su equipo militar más cercano para levantar una campaña y una franja de TV mínimamente profesional. Ellos lo advirtieron, dicen, pero no fueron escuchados.
Pero las cosas no fueron como ellos las han acomodado.
Jaime Guzmán, el gran ideólogo de la dictadura militar chilena, afirmaba a fines de los años 70 que “es menester que el ejercicio de dichas libertades personales por un período suficientemente dilatado (se refería a las proveídas por el mercado) se haga carne entre los chilenos, a fin de que la vivencia de sus frutos encuentre en cada ciudadano su más ardiente defensor”. Sin “un grado significativo y generalizado de bienestar material y progreso cultural” —agregaba—, las masas serán “fácil presa de cualquier prédica demagógica o extremista”, tal como ocurrió antes de 1973. En 1988, pensaba Guzmán, esas condiciones aún no se habían cumplido plenamente. Temía que pasara lo de España, donde la obra de Franco había sido desmantelada por la transición. De ahí que estimara necesario prolongar el mandato de Pinochet hasta cumplir 24 años en el poder, y por esta vía asegurar el amoldamiento de la población a la economía de mercado. Esta era, a juicio de Guzmán, la “condición previa para que en nuestra Patria pueda implantarse nuevamente el régimen democrático de gobierno”.
Como se ve, los términos en que se realizó el plebiscito de 1988 —“Sí” o “No” a la prolongación del mando de Pinochet— no fueron una imposición del general o de los militares, sino un plan urdido por los más sofisticados ideólogos civiles de su régimen. Por esto el “Sí” fue respaldado por todos los políticos civiles que rodeaban al régimen. También por el empresariado, que lo financió generosamente. No hay registro de nadie que se enfrentara al camino diseñado. Muchos dicen ahora que sabían que ganaría el “No”. Más aún: que en su fuero interno querían que ganara, pero prefirieron el silencio. Admitir la cobardía, aunque sea tardíamente, es siempre digno de reconocimiento. Pero me temo que no fue así: ellos estaban todos convencidos de que el “Sí” ganaría. Se derivaba de su ideología. En 1988 los frutos de la reestructuración económica estaban a la vista, con una bonanza sin precedentes en materia de consumo, inversión, crecimiento y empleo. Ante resultados económicos tan abrumadoramente positivos, la población en masa respaldaría al “Sí”. Las franjas —que por lo demás se pasarían a las 11 de la noche, cuando todo el mundo estaría durmiendo para trabajar al día siguiente— daban lo mismo.
Hoy sabemos que no fue así. La población no se comportó como ellos, los ideólogos, creían. Cuando Pinochet les pidió explicaciones, le echaron la culpa a la franja y a su propia ambición. Ocultaban así lo que en realidad condujo a la derrota del “Sí” el 5 de octubre de 1988: Jaime Guzmán y la ideología según la cual, con el debido tiempo, la gente se amolda a los intereses económicos. La misma que sostiene a la derecha chilena hasta el día de hoy.