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Cartas
Domingo 06 de octubre de 2013
Píldora del día después
Señor Director:
En un intento por defender la afirmación hecha sin ningún fundamento científico por la Iglesia Católica de que la píldora del día después es abortiva, el Dr. Patricio Ventura Juncá argumenta, en carta publicada en “El Mercurio”, que mis investigaciones sobre el tema adolecen de defectos que debilitan la conclusión de que la ciencia ha demostrado más allá de toda duda que la anticoncepción de emergencia con levonorgestrel no es abortiva.
Mi conclusión deriva de más de tres decenas de publicaciones hechas por diversos científicos de varios países y no solo por las mías. Todas ellas fueron publicadas en revistas científicas internacionales con comité editorial que exige riguroso cumplimiento de la metodología científica, lo cual garantiza que las conclusiones que se derivan de los resultados obtenidos son válidas. Confirma esto que la FDA ahora afirma claramente que no es abortiva. Lo mismo hacen la Organización Mundial de la Salud, la Federación Internacional de Sociedades de Obstetricia y Ginecología, el Population Council y Family Health International. Hay demasiado peso científico en lo que dicen esas organizaciones para que un pediatra que poco sabe del tema ponga en duda dicha conclusión.
Descalifica los estudios clínicos con la píldora porque nunca se hicieron con placebo. Parece ignorar que la eficacia de ningún método anticonceptivo se puede evaluar contrastándolo con un placebo, pues sería un grave atropello a la ética darle placebo a una mujer que solicita un método anticonceptivo.
No deja de asombrar que el Dr. Ventura Juncá se constituya en severo crítico científico, cuando su quehacer científico ha sido exiguo a juzgar por sus publicaciones y cuando en su único estudio farmacológico publicado no usó ni el placebo ni el doble ciego ni la asignación aleatoria que esgrime como condiciones sine qua non para que un estudio sea válido.
Parece aceptar sin reparos que la Iglesia afirme que es abortiva sin necesidad de que ello esté avalado por estudios científicos doble ciego, aleatorios y controlados por placebo, pero sí los exige para negar que es abortiva.
No menos asombra que parece estar muy de acuerdo en que la Iglesia Católica haya asegurado enfáticamente que la píldora es abortiva (ver titulares del “El Mercurio” en mayo de 2001), cuando no había y sigue no habiendo ningún estudio científico que avale tal afirmación.
La descalificación que hace de mis estudios no es más que una triquiñuela para desviar la atención de lo que verdaderamente importa: el error que cometió la Iglesia y que ahora tendrá que corregir para no quedar como institución que falta a la verdad por defender su postura dogmática.
Horacio Croxatto