La vida política nacional, para mi gusto, fluye por caminos un tanto serios, habiendo no pocos elementos cómicos que, sin duda (como lo han captado bien algunos humoristas), despertarían en los ciudadanos saludables carcajadas.
Pero, ¿qué es la risa y cómo se pueden encontrar las llaves que la liberan? Leo en un ensayo de Giacomo Leopardi, que aprovecho de hojear durante estos días de prolongadas fiestas, acerca de su propósito de escribir una historia de la risa, de indagar el origen y carácter de esta "potencia", como la llama, en la cual advierte un signo esencial al hombre y a su dignidad, acaso la única facultad visible que lo distingue de otras criaturas.
Piensa, en cambio, que el dolor, el aullido, incluso el llanto, son presencia universal en el cosmos. Los antiguos sentían el gemido en todas las cosas, incluso en las que parecen opacas e indiferentes, sensibilidad que se encuentra resumida en los versos de Virgilio: Sunt lacrymae rerum , es decir, también las cosas tienen sus lágrimas.
Las célebres explicaciones de la mecánica de lo cómico -las de Bergson y Freud- o aquellas sociológicas o antropológicas -como la de Peter Berger-, sin perjuicio de su agudeza y lucidez, dejan siempre un margen de insatisfacción, una dimensión de la risa que escapa a su ingenio sistemático de interpretación. En su "Elogio de los pájaros", Leopardi sostiene que ella se confunde con el canto y el vuelo, una levedad que planea por el mundo, contemplándolo desde la distancia y la altura, "dando incluso falsos testimonios de la felicidad de las cosas". Para el poeta -a quien en ningún caso se tildaría de "optimista"-, la risa es la potencia que permite mirar cara a cara el cruel absurdo de la vida, sin trastornar en medio de la desesperación. Esto explicaría, por ejemplo, el humor negro o el humor satírico.
El oleaje de seriedad y gravedad que viene enseñoreándose en la política nacional proviene acaso de la pérdida de esa lejanía, levedad y altura a que alude Leopardi. El político que no ríe o, peor, que finge risas o sonrisas, es aquel incapaz de percibir su propia estatura y la precariedad de los instrumentos que dispone para lograr los cambios que ofrece. Vive a ras de suelo. Su comicidad radica, por lo mismo, en que no se da cuenta de cómo la realidad se le escapa de sus manos y de la incongruencia de pretender adueñarse de dichas e ilusiones cotidianas. Entramos, entonces, en el reino del humor involuntario -tan abundante en Chile-, no del que hace reír, sino del de quien da risa.