Sucedió en 2005, cuando escribí "El sueño chileno": fue la primera vez que me surgió un interés por la memoria. Hasta entonces la había mirado con recelo. Me irritaba la ambición de recordarlo todo, sin tregua ni piedad, obviando que muchas veces necesitamos olvidar para reponer la paz. Me rebelaba ante la idea de que la memoria está ahí, impávida, esperando a que hagamos luz sobre ella. Me perturbaba la eventualidad de ser leal a dos amos, al pasado y al futuro: después de todo lo vivido, yo era fiel al segundo, y creía que para dejarle espacio a lo nuevo había que ir borrando periódicamente el disco duro del pasado.
En ese entonces me interesaba cómo hacer que la celebración del Bicentenario contribuyera a hacer de Chile una comunidad más reflexiva, vital e integradora. Fue esto lo que me condujo a la memoria. Lo hice de la mano del filósofo israelita Avishai Margalit. Me interpretó que dijera que uno no tiene la obligación moral de recordar, pues muchas veces es indispensable el olvido. Pero una relación "dura" -agrega-, como una familia o una nación, está basada en un pasado o memoria compartida: ellas son, por sobre todo, una "comunidad de memoria". Lo que ocurrió después del golpe militar en materia de derechos humanos -pensaba- aún no formaba parte de esa memoria compartida, y esto debilitaba a Chile como nación: el Bicentenario era la oportunidad para repararlo.
Ahora, en un libro de reciente aparición, he vuelto al tema de la memoria. Pero lo que ahora me mueve no son los traumas de Chile, sino los míos personales -y, en cierto modo, los de mi generación-.
Todo partió de una experiencia corporal, como fue pasar algunos días en la "tribu en rodaje" de Pablo Larraín mientras se hacía la película "No". Este viaje imaginario me produjo una súbita supresión de eso que Freud llamara "las lagunas del recuerdo". De pronto me hallé ante aspectos de mi vida que tenía borrados o dislocados. Fue como si se hubiera roto un dique. Sin haberlo planeado, me hallé abocado a deshilar el tejido del olvido.
El ejercicio se me volvió cada vez más exigente, y no sabía en qué podía terminar. Temía que las certezas sobre las que había construido el relato de mi vida comenzaran a bambolear. Pero vencí las resistencias, y me rendí. Quizás porque el olvido ya había pagado su deuda. Quizás porque era más económico darles un cauce a las aguas del pasado que intentar devolverlas al olvido. Lo concreto es que me puse a escribir. El resultado es "Sin miedo, sin odio, sin violencia". Una historia personal del "No".
Esta vez no quise registrar "cómo fueron las cosas", sino cómo yo las viví. Lo primero que me pregunté es por qué me vi involucrado en la campaña del "No". Descubrí que todo comenzó el 11 de septiembre de 1973. Con el golpe; con la muerte de Allende; con la maldita muerte de Allende. Ahí mi vida adquirió un sentido único, total, omnicomprensivo: superar a Pinochet. El libro hace memoria de esta historia: de una vida dedicada a ese exclusivo propósito.
Al terminar de escribirlo, quedé con la sensación de que cuando recordamos -me refiero a los que estuvimos tras el "No"-, siempre pensamos en lo que inauguró el 5 de octubre de 1988, pero nunca rememoramos lo que murió ese día. Pasamos por alto que, en algunos sentidos, la vida era más fácil contra Pinochet. En su figura habíamos depositado todas las frustraciones y desengaños, ahorrándonos bregar con las desilusiones y acomodos que pueblan la vida ordinaria. Desde aquel día los monstruos -siempre los hay- empezaron a estar en nosotros mismos; y tuvimos que aprender, ahora solos, a lidiar con ellos: a veces para combatirlos y derrotarlos, y otras para resignarnos y adaptarnos. No ha sido fácil; pero este ya es tema de otro viaje.