La expresidenta Bachelet afirmó, entre aplausos de sus partidarios: “Si incomodo porque creo en la democracia, en el multilateralismo y la cooperación internacional…la verdad que es un tremendo honor que me hayan vetado por eso”.
Hay tanto que aprender de la izquierda. Si hasta las derrotas más grandes las disfrazan de épica. ¿Los datos? ¿La verdad? A quién le importa. ¿O alguien piensa que el resto de los candidatos a dirigir la ONU no defienden la democracia, el multilateralismo y la cooperación internacional? Si por algo están en esa carrera. La diferencia con Bachelet es que consiguieron más respaldo que ella.
Pero la izquierda no pierde, a ellos los vetan. Ella retiró su candidatura porque en el último sondeo informal solo obtuvo un apoyo y 11 rechazos. Ni siquiera hubo que frenarla. Se cayó antes. Pero ser vetada es mucho más elegante y permite evadir cualquier autocrítica. Si hay veto, ella es víctima. Si hay derrota, ella es responsable. No hay dónde perderse.
En todo caso, en esta historia sí hay un victimario, pero no es Trump ni el Presidente Kast, sino el anfitrión del acto en La Pintana. Lo menos que podía hacer Gabriel Boric era organizarle una junta cariñosa después de haberla empujado a una candidatura sin destino.
Al parecer, refugiarse en falsos vetos se está transformando en un patrón. Esta semana, el senador Daniel Núñez, del Partido Comunista, también quiso ser un héroe de otra falsa gesta épica. ¿El villano? Estados Unidos. Salió a exigir explicaciones porque le habrían negado su visa y declaró con vehemencia en su cuenta de X: “Es inaceptable un veto a un senador comunista”.
Pero esta triste historia del parlamentario que quiso ser vetado y no lo fue, terminó en un gran bochorno. Estados Unidos aseguró que jamás recibió una solicitud y el propio Senado informó que no había tramitado ninguna visa. Para la próxima capaz que tenga más suerte y pueda llegar a vestirse de gloria victimista. Pero hay que ser un poquito más diligente y al menos presentar los papeles.
De todos modos, el veto no es el único recurso para hacerse las víctimas. Existen otros. La presidenta del Partido Socialista, Paulina Vodanovic, disconforme con las negociaciones en la reforma de seguridad, acusó al presidente del Partido Republicano de “mansplaining”, porque habría hablado en nombre de ella. Podía acusarlo de negociar mal, de excluirla o incluso de atribuirle un acuerdo que ella niega haber dado. Todo eso pertenece a la discusión política. Lo extraño es que una controversia entre senadores sobre quién participó en una negociación termine convertida en una falsa cuestión de género.
Y hay más. En estos delirios de victimización tuvimos hace un par de días el caso símbolo. El vicepresidente de la Convención Constitucional, Jaime Bassa, autor y uno de los principales responsables del texto refundacional, señaló en televisión: “El plebiscito del 4 de septiembre es muy probable que haya estado condicionado por la manipulación electoral de las granjas de bots”. De nuevo: ellos son víctimas y no responsables. Casi ocho millones de chilenos, con nombre y apellido, lápiz y papel, rechazaron su texto en las urnas, en cada comuna de Chile. No eran bots, sino electores.
La política es una actividad dura en que se ataca (en sentido figurado, para que nadie llore) y se recibe; se elige votar de una manera y eso genera apoyos y críticas; se gana y se pierde. Qué duda cabe. Pero disfrazar de vetos las derrotas, de cancelación las críticas, y de mansplaining cuando no te sientan a la mesa, es convertir cada desacuerdo en una agresión y cada revés en un agravio.
Una víctima es alguien a quien se le ha cometido una injusticia. Perder una elección, recibir críticas, quedar fuera de una negociación o no conseguir los votos necesarios solo significa que se perdió, se discrepó o se quedó en minoría. Menos épico, pero más real.
El efecto de esta política de la victimización es la irresponsabilidad. Lo expresa con claridad Daniele Giglioli en su ensayo “Crítica de la víctima”: “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha… inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece”.
Solo durante esta semana ya se han inscrito en el panteón de las víctimas Bachelet, Daniel Núñez, Paulina Vodanovic y Jaime Bassa. Así, mientras aumentan las víctimas, empiezan a desaparecer los responsables.