El milenio se inició de una forma inesperada. La única preocupación fue el número que les faltaba a los computadores. Pero todo el resto estaba resuelto. Un mundo sin guerras, sin polarización, sin inflación y con globalización. Cada uno haciendo lo que mejor sabe hacer.
Era el “fin de la historia” anunciado por Fukuyama, que existió realmente. Y sí, siguiendo la dialéctica de Hegel nos dimos cuenta de que habíamos llegado a un momento en que la democracia liberal y la economía de mercado habían llegado para quedarse, una vez caído el muro de Berlín.
Así, por un tiempo —por un breve tiempo— fue irrelevante si gobernaba la derecha o la izquierda (o, con la perspectiva del tiempo, más bien la centroderecha o la centroizquierda). Berlusconi o Tony Blair, Clinton o Bush, Lagos o Piñera, González o Aznar. Daba lo mismo. Todos gobernaban más o menos igual.
Matices sobre impuestos, tamaño del Estado, regulación, políticas sociales o seguridad. Pero compartían algo anterior a esas diferencias: las reglas de la democracia liberal, la alternancia en el poder, la legitimidad del adversario y la convicción de que gobernar exige acuerdos.
Fue bueno mientras duró.
Pero se acabó.
Y probablemente por un buen tiempo.
Iliberales de izquierda e iliberales de derecha campean por el mundo. Con ideas cada vez más extremas, extravagantes y performáticas. Ideas que —erróneamente— el mundo pensó que estaban muertas y enterradas.
En Alemania, la AfD levanta consignas ultra ultras, mientras en Berlín gana el neocomunismo que propone expropiar las propiedades. Atrás va quedando la socialdemocracia y la CDU, emblemas de la moderación. En Francia, cuando todos miraban con preocupación a Le Pen, apareció un partido más a la derecha. El viejo Partido Socialista ve cómo la Francia Insumisa radicaliza día a día el discurso. En Italia a la Meloni le apareció un exgeneral mucho más a la derecha, y el viejo y moderado partido Democrático propone cosas de extrema izquierda.
Qué decir de Estados Unidos. Republicanos que bailan al ritmo de la radicalidad y narcisismo de Trump, y demócratas que tienen como líderes al alcalde de Nueva York u Ocasio-Cortez, que están en la cornisa del comunismo.
En Chile ocurre el mismo fenómeno. Las dos convenciones fueron un buen ejemplo de ello.
En todo el mundo vemos expresiones de derecha cada vez más de derecha y de izquierda cada vez más de izquierda. Y en el medio nada. El vacío.
La radicalidad ha vuelto a ponerse en valor. Los eslóganes han vuelto a convocar. La utopía ha vuelto a entusiasmar. Y los viejos y aburridos centroderechistas o centroizquierdistas han quedado no solo acusados de tibios o traidores, sino que en la total irrelevancia.
Quizás haya llegado el momento de recuperar una idea mucho menos espectacular, pero bastante más importante: no es necesario pensar igual para defender juntos las reglas que permiten pensar distinto.
Pero dejar claro aquello en lo que no se debe discutir: la independencia de los tribunales. La libertad de prensa. La separación de poderes. El derecho de propiedad. El respeto a las elecciones. La alternancia. La responsabilidad fiscal básica. El rechazo a la violencia política. La protección de las libertades individuales. La idea elemental de que quien pierde una elección conserva derechos y quien la gana no recibe un cheque en blanco.
Alemania lo hizo varias veces. Angela Merkel gobernó en grandes coaliciones entre la centroderecha y la socialdemocracia. Y hoy lo hace Friedrich Merz (seguramente por poco tiempo más). Hay otros ejemplos en el mundo, aunque son escasos.
Pero la alternativa contraria es ver en el mundo a la centroderecha plegándose a cosas inaceptables de la ultraderecha y la centroizquierda doblegándose ante cosas inaceptables de la izquierda radical.
No hay que olvidar que cuando los moderados dejan de hablar entre ellos, los extremos no ocupan solamente los extremos…
Ocupan el vacío.
Y la consecuencia de aquello la hemos visto muchas veces en la historia...