El último informe de la encuesta Lapop, aplicada este año en Latinoamérica, revela que el apoyo a la democracia aumentó entre 2023 y 2026 en casi todos los países. A nivel regional, pasó de 59% a 65%, alcanzando niveles que no se veían desde 2014 y con aumentos en todos los grupos etarios y niveles educacionales. En Chile, el segundo país con más apoyo a la democracia después de Uruguay, el cambio fue de 70 a 77%.
Ahora bien, ¿qué quiere decir apoyar la “democracia”? En su definición más aceptada, la democracia supone elecciones libres y competitivas, pero también límites y contrapesos al poder de los gobernantes. Es lo que se conoce como democracia liberal. Hay, por cierto, concepciones más exigentes, que incluyen participación, deliberación o determinados resultados sociales. Pero es difícil concebir una democracia sin las instituciones básicas de una democracia liberal.
Para los ciudadanos, en tanto, la democracia suele asociarse con la capacidad de los gobiernos de entregar resultados, como seguridad y bienestar. Por ejemplo, en Chile una encuesta del CEP de 2023 encontró que cerca de la mitad de la población cree que tanto garantizar la seguridad y el orden público como asegurar oportunidades de empleo para todos son características esenciales de la democracia.
De hecho, los autores del informe Lapop interpretan el aumento en el apoyo a la democracia como resultado de una mejora en los niveles de vida. Quienes han sido víctimas de un delito o han visto sus ingresos caer en los últimos dos años apoyan menos la democracia, una relación que es aún más fuerte entre aquellos a quienes un policía les ha pedido una coima o que se han quedado sin comida alguna vez en los últimos tres meses. Y estos cuatro indicadores muestran mejoras desde 2023, aunque sea en el margen.
Es perfectamente razonable pedirle a la democracia más que las instituciones liberales de su versión minimalista. El problema aparece cuando esas instituciones dejan de ser parte de lo que entendemos por democracia o, más aún, cuando comienzan a verse como obstáculos para conseguir los resultados que esperamos de ella. En El Salvador, por ejemplo, las personas que creen que los regímenes autoritarios son mejores que las democracias para lograr crecimiento económico son más que las que piensan lo contrario. Más grave aún, ocurre lo mismo cuando se pregunta qué régimen es mejor para proteger las libertades.
En esa línea, quizás el resultado más inquietante del informe sea que, en la mayor parte de la región, quienes expresan más apoyo a la democracia son, paradójicamente, quienes menos respaldan las instituciones liberales. Es decir, en buena parte de América Latina, la idea de democracia parece más bien iliberal.
Tres países escapan de este patrón: Argentina, Uruguay y Chile, donde la democracia se asocia positivamente con las instituciones liberales. Pero no hay razones para pensar que esto sea inmutable. Que Chile sea, a la vez, uno de los países con mayor confianza en el gobierno chino (54%) es, al menos, sugerente. Todo esto nos recuerda que la salud de la democracia liberal no puede darse por sentada. Y refuerza también la urgencia de que las democracias demuestren que funcionan.