Existe confusión sobre el liberalismo y por tanto también sobre el iliberalismo. Se podría definir al liberalismo como una formulación teórica que se convierte en idea fuerza en tres áreas de la vida. Lo que vincula a estas es defender como derecho la autodeterminación de los humanos, y hasta el deber de propagarla como la cualidad esencial de la existencia.
La primera es la libertad política, resumida en Estado de derecho, división de poderes del Estado y la existencia de una opinión pública. La segunda es el liberalismo económico: los agentes económicos particulares deben conservar el más amplio margen de libertad posible. Generalmente, con bastantes excepciones, esta se encuentra acoplada al liberalismo político.
La tercera es el liberalismo cultural, con la paradoja de que su existencia no se desprende como causa y efecto de los fenómenos anteriores, pero sí está en relación vital con ellos; no existe actitud liberal en la vida social sin esos anclajes de libertad política y económica. Una parte de la cultura liberal racionaliza y promueve la libertad política y, sobre todo, la economía liberal. Sin embargo, esa cultura también es la fuente de donde proceden tanto las críticas a sus falencias y hasta su existencia, como en parte la erosión de valores que sustentan a las visiones e instituciones políticas y económicas liberales. Hay algo antitético en la relación entre la cultura liberal y las dimensiones política y económica de la vida social, aunque solo posee fecundidad dentro de esa referencia. La cultura liberal pierde vigor y lozanía al apartarse de ellas, por más que la ideología (o lo político) y el proceso económico por sí mismos no produzcan la cultura.
La cultura liberal no es lo mismo que la actitud o disposición liberal, aunque esta sin duda se alimenta en ideas y sentimientos de aquella. La segunda consiste en lo que en estas páginas ha definido Agustín Squella como un “talante o temperamento”, por cierto, vinculado también a ciertas formas de concebir la realidad abiertas a la autocrítica, a la espontaneidad de la vida y a la noción de que todo lo que definimos como verdad tiene sus límites. Por cierto, es una cualidad que se puede sostener también desde perspectivas socialistas o conservadoras; ejemplos abundan. A este talante me gustaría añadirle otra caracterización, la de “libertad de espíritu”, que no es ni libertaria ni crítica anarquizante ni deconstruccionista. Se trata más bien de un espíritu crítico que sostiene independencia en las pasiones para discernir lo realizable de lo inalcanzable y quizá dañino, un nudo perpetuo de la política y del debate público.
Finalmente, para que subsista el espíritu liberal en el marco de la sociedad abierta —sede de la democracia—, debe ser acompañado por un alma que se encante —que no desencante— con el sentido final de la democracia republicana. No basta ni con espíritu liberal, ni con la libertad de espíritu; ambos como inclinaciones particulares pueden conducir a la inacción. Precisamente porque la libertad no es un puro derecho, sino que va unida a un riesgo sin el cual no puede existir, es que constituye un factor de dinamismo social y cultural. Lo importante es que se comparta con un sentimiento de adhesión y de responsabilidad, al menos de una minoría activa, en dirección a aquello que se llama patria, nación, terruño, sociedad, etc. Es la base de la que brota el sentido de la acción en el pensar y en la práctica. Sin esta fuente de lealtad, la libertad se verá tentada por perspectivas iliberales de un lado y de otro, ajenas al espíritu aunque quizás no a la letra de la idea de libertad.