Por mi trabajo veo de cerca la inteligencia artificial, la uso a diario y lidero proyectos para implantarla. La conclusión es simple: es transformacional. Pero eso ya se dijo de muchas tecnologías, y cabe preguntarse qué pasó las veces anteriores.
La historia deja una lección clara, la productividad llega tarde. La electricidad existía desde 1880, pero el salto llegó 40 años después. No bastaba con cambiar el vapor por un dínamo; hubo que rediseñar las fábricas en torno a la electricidad. Con lo digital ocurrió lo mismo. En 1987, el Nobel Robert Solow ironizó que la era de los computadores se veía en todas partes, menos en las estadísticas de productividad. El despegue llegó 10 años después. La tecnología no es productividad: esta viene de reorganizar el trabajo y a las personas a su alrededor.
¿Se repetirá con la IA? Esta vez el patrón parece distinto, lo que a la electricidad le tomó casi medio siglo, la IA lo intenta en menos de una década. Elon Musk sostiene que, cuando madure la robótica, la simbiosis entre robots e IA multiplicará el impacto por órdenes de magnitud. En las revoluciones anteriores, los usuarios potenciales eran pocos y reconvertirse era caro. La IA invierte ese orden, producirla está concentrado y cuesta billones, pero usarla está al alcance de millones de personas y empresas desde el primer día.
Aun así, su integración pasa por personas y procesos, para que la IA venda y atienda sola, y para que los robots operen donde hoy hay humanos, habrá que rediseñar, capacitar en nuevos roles y gestionar el cambio. Tomará tres, cinco o diez años, pero llegará, y la hiperconectividad que habilitan las telecomunicaciones probablemente amplificará este shock de oferta histórico.
¿Será el fin de la escasez? No lo creo, la escasez no se elimina, se desplaza. Fabricar y entrenar IA y robots exigirá capital y mucha energía, y seguirá habiendo límites en minerales críticos y energía limpia. Pero la escasez más relevante será la humana. El teatro, las series o la ópera seguirán siendo más interesantes con protagonistas de carne y hueso. Y la ciencia y la innovación, aunque muy facilitadas, requieren propósito, esa búsqueda de progreso que es profundamente humana.
Hay también una diferencia estructural. Según Antonio Damasio, la inteligencia humana se formó por evolución para perpetuar nuestros genes; luego surgieron las emociones, los sentimientos y la autoconciencia, que nos permiten proyectarnos al futuro. Es la capacidad de imaginar un futuro mejor la que nos moviliza a trabajar y estudiar, algo que no parece propio de la IA. ¿Tendrá miedo a la muerte? ¿Querrá vivir mejor? ¿Buscará perpetuarse? No lo veo de esa forma, los humanos les ponemos los bordes y el propósito, y lo que se busca son sistemas más funcionales, no imitarnos.
¿Podrá aniquilarnos y habría que detener su desarrollo? Remoto, pero podría ser. Sin embargo, si la detenemos o regulamos en exceso, también frenaremos infinitos progresos en salud y tecnología. La IA no tiene un propósito propio; el peligro está en quienes le encarguen ese fin, y necesitarán personas y procesos que le den acceso a información sensible y sistemas críticos. En vez de detenerla, se podría exigir que los modelos vengan bloqueados y se certifiquen, con especial rigor en los ámbitos biológico, nuclear, financiero y de redes sociales, reforzando la ciberseguridad. Solo ralentizar inhibirá progreso sin necesariamente evitar riesgos graves de baja probabilidad, y disminuirá la competencia, algo que a los actuales dueños de la IA seguramente no les parezca tan mal.
Cuando llegue la anhelada abundancia, el tiempo liberado irá a lo que realmente valoramos: cine, teatro, literatura, ciencia o atención de primer nivel, y hará falta mucha gente que provea esas experiencias. Se augura un futuro extraordinario, aunque, como advierte Musk, atravesando un bumpy road. Los frutos de las revoluciones tecnológicas llegan tarde y sus dolores, temprano. Por eso la transición exige políticas públicas y acción empresarial; capacitación, educación y transferencias serán claves, pero sin frenar el progreso.
El desafío es no frenar la IA por miedo, pero sin olvidar a quienes quedarán en el camino. Cuando, en 1589, William Lee mostró a la reina Isabel su máquina de tejer medias, la reina le negó la patente y, según se cuenta, preguntó: “¿Y qué sería de mis pobres súbditos?”. Esa es la verdadera prueba: no repetir el reflejo de la reina, pero tampoco olvidar a los súbditos.