“Cuando el dique se rompa” es un antiguo blues de la década de 1920 que fue reversionado magistralmente por la banda británica Led Zeppelin en su cuarto disco de 1971: “Si sigue lloviendo, el dique se va a romper/Cuando el dique se rompa, no tendré dónde estar”.
Aunque la canción se refiere originalmente al desborde del río Mississippi en 1927, puede resultar útil para describir lo que está ocurriendo en torno a la discusión sobre política exterior en el Chile actual.
Durante décadas, la política exterior estuvo fuera de los sinsabores del debate partidista. Siempre se consideró que, al entrar en juego cuestiones que tienen que ver con el país entero, era mejor no vincularla con la crispación de la controversia cotidiana. Como toda familia sabe, una cosa es pelearse puertas adentro y otra muy distinta mostrar división ante los demás.
Sin embargo, este último de los consensos ya no existe más. La estocada final la ha propinado la oposición en los días recientes. Primero, convocando a una interpelación al canciller en la Cámara de Diputados. Luego, a través de la declaración de los expresidentes Bachelet y Boric para acusar una supuesta pérdida de soberanía a raíz de la adhesión de Chile al Escudo de las Américas. Ambos constituyen gestos inéditos que revelan voluntad de perforar un dique que hasta ahora se había mantenido impermeable.
Lo penoso es que no estamos frente a desafíos serios que hagan necesario cuestionar y revisar. El motivo real por el cual se busca sacar al pizarrón al ministro Pérez Mackenna es que este se ha mostrado dubitativo en su quehacer.
No es que haya una preocupación real por la posición de Chile en asuntos internacionales, sino que los diputados opositores han olido sangre y han decidido ir por ella. Creen que los titubeos del canciller lo convierten en una presa fácil cuya inexperiencia política lo hará fracasar en el examen ante el Congreso.
Será labor del ministro interpelado decepcionar a quienes desconfían de sus capacidades y sacar a relucir el talento que ya ha exhibido en el mundo de los negocios. Sin embargo, debe quedar claro que lo que busca la oposición al interpelarlo no es conversar sobre política exterior, sino solo aprovecharse de un rival que estima débil y, quizás, ganar una escaramuza en la guerrilla política.
Luego está la declaración de los expresidentes. Esta no solo rompe con normas no escritas, sino que también realiza acusaciones antojadizas que parecen redactadas a la ligera. Lo único nítido en el comunicado de Bachelet y Boric es que lo anima un mal disimulado ánimo revanchista. Ambos aprovecharon la ocasión para propinarle un golpe al Gobierno que se restó de apoyar la candidatura de la exmandataria a la ONU y, de paso, mostrar recelo frente a todo lo que haga o diga la administración Trump. Básico y obvio, pero venganza al fin.
La arremetida opositora en torno a la política exterior evidencia que ya no hay campos vedados para nuestra clase política. La temporada de caza está abierta e incluye temas y ámbitos antes impensados. Como la necesidad tiene cara de hereje, una oposición desorientada ha bajado un peldaño más en la espiral descendente del debate político.
Hoy solo se trata de menudencias y hojarasca, pero el daño está hecho. Mañana, cuando los temas sean realmente importantes y estén en cuestión asuntos de mayor calado, la prudencia y el autocontrol estarán perdidos y Chile podría mostrarse dividido cuando la unidad sea exigencia urgente. Ya lo dijeron Jimmy Page y Robert Plant en los 70: “Cuando el dique se rompa, me sentaré en él a lamentarme”.