Señor Director:
En la columna publicada ayer en su diario, Alfredo Moreno y Carlos Ominami, de veredas políticas distintas, defienden juntos una política exterior de Estado. Que sean ellos dos quienes lo planteen ya lo dice todo.
Chile sabe hacerlo, de norte a sur. Frente a Perú y Bolivia en La Haya, gobiernos de distinto signo actuaron como uno solo. Y en el sur, desde la Antártica hasta Campo de Hielo Sur y las islas del Beagle, llevamos décadas defendiendo nuestros territorios con la misma firmeza, gobierne quien gobierne.
Política de Estado no significa silencio ni unanimidad. Significa discutir las diferencias donde corresponde, en las comisiones del Congreso, en el Consejo de Política Exterior o en reuniones como la que el canciller sostuvo este mes con sus antecesores. Fiscalizar es un deber del Parlamento. Convertir esa fiscalización en un espectáculo es otra cosa.
Y hoy esa política de Estado importa más que nunca. Estados Unidos es un aliado de siempre y China, nuestro principal socio comercial, y ambos están en plena disputa. Chile necesita llevarse bien con los dos sin quedar atrapado entre ellos, y en ese equilibrio cada gesto cuenta. Lo que se dice en el Congreso se escucha también en Washington y en Beijing. Un canciller debilitado en casa negocia peor afuera, sea del gobierno que sea.
Por eso la interpelación al canciller es un error. Ya que se realizará, que sirva al menos para reafirmar lo que nos une y no para exhibir lo que nos separa. Un país se cuida como una familia. Adentro se discute todo, pero hacia afuera se cierran filas. Quien lleva las rencillas internas al hemiciclo, ante los ojos del mundo, no debilita a un gobierno. Debilita a Chile. Y con Chile no se juega.
María Irene Chadwick Larraín