En la Pinacoteca de Brera hay demasiadas obras que uno debería mirar. Algunas son enormes, célebres, inevitables. Sin embargo, durante mi visita ocurrió algo que no estaba previsto. Mi atención quedó atrapada por una pequeña tabla de un pintor que hasta entonces desconocía por completo, Bartolomeo Montagna, titulada San Jerónimo en el Desierto, pintada hacia 1500. Debo reconocer que, por un momento, desatendí las grandes obras de la pinacoteca. Quería seguir mirando esa.
No sé muy bien por qué. Quizás una parte importante de nuestra relación con la pintura, y el arte en general, comienza precisamente ahí, antes de las explicaciones: algo captura la mirada y nos obliga a detenernos.
El cuadro muestra a San Jerónimo dentro de lo que podría ser una gruta. Está sentado, rodeado de libros, acompañado por el león de la leyenda. Delante de él aparece el rojo del capelo cardenalicio. A la derecha, más atrás, unos monjes ascienden por una hermosa escalera esculpida en la montaña hacia una iglesia o un convento y, todavía más lejos, al fondo, el paisaje se abre hacia un lago espejeante.
Todo ocurre en una superficie pequeña y, sin embargo, hay allí una profundidad y minuciosidad extraordinarias.
Después recordé quién era aquel hombre.
Jerónimo nació en el siglo IV y pasó buena parte de su vida entre lenguas. Sabía latín y griego, y aprendió hebreo. Su nombre quedó unido para siempre a la traducción de la Biblia al latín, la versión que posteriormente conoceríamos como la Vulgata. Durante siglos, innumerables personas accedieron a las Escrituras a través de palabras que habían pasado por sus decisiones.
Porque traducir no consiste simplemente en cambiar una palabra por otra. Hay que escoger. Una palabra ofrece varias posibilidades y el traductor debe abandonar todas menos una, en un pedregoso camino que asemeja al paisaje desértico que rodea al filólogo. Traducir es, por eso, una forma de avanzada lectura llevada hasta sus últimas consecuencias.
Volví entonces mentalmente al pequeño cuadro de Montagna y comprendí mejor qué me había retenido ante él. San Jerónimo está apartado, pero no está solo. Lo acompañan los libros y, a través de ellos, innumerables voces. La gruta tampoco parece simplemente el lugar de una penitencia. Puede verse como un lugar de concentración: para escuchar con atención ciertas palabras, es necesario disminuir el ruido del mundo.
Tal vez eso mismo me ocurrió en Brera. Alrededor estaban las grandes pinturas reclamando atención, pero yo permanecí frente a aquella tabla pequeña.
Hay cuadros que necesitan imponerse por sus dimensiones. Otros hacen exactamente lo contrario. Reducen nuestro campo de atención hasta conseguir algo mucho más difícil: que por unos minutos el mundo que los rodea desaparezca.