El reciente discurso del Presidente José Antonio Kast ante las Naciones Unidas ha traído a la memoria la alocución de Salvador Allende en ese foro, el 4 de diciembre de 1972. En esos días, el experimento chileno concitaba enorme atención en el mundo entero. La sala estaba repleta y las palabras de Allende fueron recibidas con un prolongado aplauso. Mucho menos conocida es la reunión que sostuvo la noche anterior, en un hotel, con el embajador de Estados Unidos ante la ONU, George H. W. Bush.
A las 10:25 de la noche del 3 de diciembre, el embajador de Chile ante la ONU, Humberto Díaz Casanueva, telefoneó a Bush para avisarle que Allende estaba dispuesto a recibirlo. La cita se realizó de inmediato, en una suite del piso 28 del Waldorf Astoria, y duró cerca de una hora.
A la mañana siguiente, Bush envió un cable confidencial al subsecretario de Estado John Irwin. Es el texto de un diplomático que observa, con curiosidad casi de novelista, a un hombre cuyo gobierno Washington estaba empeñado en debilitar. Allende, anotó, vestía una chaqueta de estilo Mao. Apenas se sentaron, alguien ofreció whisky; el Presidente pidió el suyo con hielo y un chorrito de agua. No fumó durante toda la conversación. Se veía bien, descansado. Habló con evidente satisfacción de su escala en México, agitada, pero exitosa. Le dio a Bush varios apretones de mano vigorosos, lo miró directamente a los ojos y pareció esforzarse por ser cálido y amistoso. Nada en la escena sugería que esos dos hombres representaban a gobiernos enfrentados.
El tono amable no alteró la sustancia. La conversación derivó rápidamente hacia la nacionalización del cobre. Bush explicó que la administración Nixon no objetaba la medida en sí misma; lo que le irritaba era la ausencia de una compensación “adecuada y pronta”. Allende respondió, sin inmutarse, que se referiría al asunto al día siguiente, desde la tribuna de la Asamblea General.
Hubo algo que Bush no le dijo. Tres semanas antes, el secretario de Estado William Rogers le había aconsejado a Nixon que no recibiera a Allende. A su juicio, uno de los propósitos del viaje era reunirse con el Presidente norteamericano para elevar su propio prestigio en Chile y América Latina. Como alternativa, sugirió que lo recibiera el embajador ante la ONU. Eso fue exactamente lo que ocurrió. La cita en el Waldorf Astoria no fue otra cosa que un premio de consuelo.
Al mediodía siguiente, Allende subió al podio. Defendió la tradición democrática chilena, denunció las acciones de la ITT y el bloqueo financiero, y justificó el descuento de las “rentabilidades excesivas” en el cálculo de la indemnización a Anaconda y Kennecott. Una vez hecha esa deducción, no había nada que pagar.
Según reporteó The Guardian, los aplausos duraron diez minutos. Bush no replicó desde el estrado. En una conferencia de prensa rechazó la imagen de unos Estados Unidos imperialistas y cuestionó los cálculos chilenos. No recibió aplausos.
De Nueva York, Allende voló a Argelia. Houari Boumediene le advirtió que debía cambiar pronto el alto mando militar o habría un intento de golpe. Pero no le prestó un solo petrodólar.
En Moscú, la bienvenida fue apoteósica. Durante la cena de gala, el Presidente Podgorny le aseguró que Chile no estaba solo en su lucha. Pero Allende no necesitaba palabras, necesitaba dólares, de inmediato. El 5 de enero de 1973 vencía una deuda de unos ochenta millones de dólares con los países de la ALALC. Si no pagaba, Chile sería declarado insolvente por sus propios vecinos.
Lo que no sabía era que la decisión ya estaba tomada. En julio de 1972, el Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias soviética había concluido que las condiciones solicitadas por Chile no se habían concedido jamás a un país en desarrollo. El Kremlin no financiaría una segunda Cuba en Sudamérica.
En la recepción de despedida, Allende jugó su última carta: habló, uno por uno, con cada dirigente soviético. Después de mucho regatear obtuvo cuarenta millones, la mitad de lo necesario. Luego se retiró a una pequeña sala con Gonzalo Martner y Ernesto Torrealba. Estaba agotado. Según Martner, dijo que el problema principal no se había resuelto, que la ALALC declararía insolvente a Chile y que ese era el fin.
Allende volvió a Santiago con un triunfo retórico y mediático, pero con las manos vacías. Los aplausos de Nueva York duraron diez minutos. Las deudas vencían el 5 de enero.