Ha muerto mi madre y me apresuro a escribir sobre ella, antes que el olvido se ensañe con la delicada y bella muchacha eterna que fue. Estoy seguro que la relación con nuestras madres marca nuestras vidas de manera indeleble, querámoslo o no. En el enigmático poema “Llamado del deseoso”, el poeta cubano José Lezama Lima dice: “Deseoso es aquel que huye de su madre/ (…) ¿de dónde huimos, si no es / de nuestras madres de quien huimos?”. Lezama remata con unos versos sorprendentes: “Y de los cabezazos con nuestras madres/ cae el planeta centro de mesa”. Es la colisión formidable del hijo y de la madre, una colisión cósmica, de la que nace un mundo, en nuestra propia cotidianeidad, en nuestra mesa. La misma mesa donde nuestras madres servían casi con sacralidad el pan de todos los días. Todo esto es excesivamente edípico, se me dirá. ¿Y qué quieren? Estuvimos dentro de ellas, en su seno, y bebimos de ellas el agua de la vida. Y ellas fueron las que nos traspasaron el lenguaje, indisolublemente unido al emocionar. Después de establecido todo esto, a los “deseosos”, los hijos, no nos queda sino ahondar en ese misterio, repasar el cordón umbilical invisible que nos sigue uniendo a nuestras madres en nuestro inconsciente, allí donde se aloja lo más secreto y esencial.
La escena más conmovedora de la Odisea es la que describe el encuentro de Ulises con su madre, Anticlea, en el Hades, el país de los muertos. Ulises intenta abrazarla varias veces, pero ella se desvanece. Ella le dirá después que eso es la muerte. La misma desesperación de Ulises es la que siento mientras escribo estas líneas: intento abrazar la imagen de mi madre, María Angélica, y ella se convierte en fantasma. No he soñado con ella todavía y no sé si estoy preparado para encontrarme con ella en el sueño. Mi madre vivía ya en los sueños antes de morir. Desde niña, siempre soñó mucho, y sueños muy vívidos que, a veces, anotaba en libretas. Vivió con un pie en ese mundo onírico y otro en este, el mundo doméstico y domesticado que la agobiaba un poco. Me la imagino cuando niña en su pieza, a punto de cruzar por la puerta secreta a Narnia o al País de las Maravillas. Y todo lo que vivía en el día, lo vivía como en sueños, en un estado de extrañeza permanente. Mi madre me inoculó el veneno de la extrañeza desde muy niño. Por eso una vez la bauticé “Madre asombro”. “¡Qué extraño es todo esto!”, me decía al oído ante situaciones cotidianas o familiares, que, después de su comentario, dejaban de ser familiares. Esa extrañeza que después devino extranjería en el mundo, le costó la incomprensión de una severa monja superiora de un internado, e incluso de mi abuelo. Hay adultos que prefieren niños disciplinados que inquietos o inasibles, como era mi madre.
“Inquieta quieta”, la apodó alguien. A los veintitantos años, escapó a París, sin un peso en los bolsillos. Vagó por esas calles como en un sueño, como un personaje de una novela de Julien Green, su novelista favorito. Su hermano Enrique Lihn contaría ese viaje en el poema “María Angélica”, años después. “Ya no te preguntabas el porqué de tu viaje/ obedecías a la adivinación y la fatiga/ súbitamente cierta de haber vivido antes/ en ese mismo momento/ como si los extremos de lo real se juntaran”. Donde ella estuviera, en Valparaíso, Isla Negra o París, uno tenía la sensación de que “los extremos de lo real” se juntaban. ¿Será por eso que le gustaba tanto danzar? ¿En esos bailes, de una agilidad increíble, tocaba, por fin, el punto donde lo irreal y lo irreal se encuentran?
Hoy reposa junto a la tumba de su gran amor, el poeta Eduardo Anguita, otro campeón del asombro radical. El mismo que dijo de ella: “De tu rostro, todo recuerdo se evapora/ imagen pura, las veces que te veo no te ocultan/ ¡Eres primera vez!”. ¿No es acaso eso a lo que debemos aspirar: ver el mundo y al otro “por primera vez”? Ese es el legado de mi madre, el más potente: preservar el asombro en cada minuto de vida. Madre: fuiste y serás siempre “primera vez”.