Curioso cómo en el transcurso de solo un siglo países malos se vuelven buenos y países buenos se vuelven malos. Antes eran buenos los rusos —nos salvaron de los nazis— y ahora son malos, dedicados a masacrar a los ucranianos. Antes eran malos los alemanes y los japoneses, y ahora son muy buenos.
Esos dramáticos cambios de rumbo me vienen a la mente al leer “La noche de la luna nueva”, un libro de 1970 sobre los campos de concentración de los japoneses. Es del escritor sudafricano Laurens van der Post (1906-1996). Él fue capturado por los japoneses en 1942, mientras servía en el ejército británico, y solo quedó libre cuando terminó la guerra. Los dos campos de concentración en que estuvo, ambos en Indonesia, eran terribles. De maltrato extremo, con muertes diarias de prisioneros, de hambre, torturas o cruentas ejecuciones.
Lo singular del libro es que Van der Post escribe sin rencor, insistiendo que no cabe culpar a ningún japonés individual, por cruel que haya sido su conducta. Lo que pasa, dice, es que a veces los individuos son tragados por fuerzas colectivas en que pierden toda agencia. No les cabe sino plegarse. No solo para evitar castigos. Sino porque esas fuerzas te hipnotizan. La fuerza de la turba. La que reduce todo a consignas, y que te obliga a odiar a algún deshumanizado Otro. “Los japoneses”, escribe Van der Post, “eran títeres de inmensas fuerzas impersonales y no sabían lo que hacían”.
Van der Post por eso rehusó ser testigo en los juicios que les hicieron a los comandantes japoneses, y para no perjudicarlos, postergó la escritura de este libro. Pero en 1970 decidió escribirlo y publicarlo, porque la opinión pública mundial empezaba a criticar las bombas atómicas que cayeron en Hiroshima y Nagasaki, como si los Estados Unidos fueran los culpables de la guerra. Eso le pareció inaceptable, porque si bien él exime a los japoneses individuales, por haber sido arrastrados por un tsunami de maldad colectiva, no quiso nunca subestimar los grados de maldad en que incurrieron, y que él cree habría conducido, sin las bombas atómicas, a millones de muertes adicionales en un país cuyo furor colectivo consideraba la muerte como preferible a la deshonra de la derrota.
Es complejo el tema de las bombas atómicas. Da para otra columna. Me quedo con el peligro que representa todo furor colectivo. Por algo somos muchos los que preferimos las sociedades compuestas de individuos libres y responsables, en que cada uno ejerce su consciencia, aportándola al bien común. Sociedades de individuos que no están obligados a plegarse a olas colectivas, en que por eso no tienen cabida fácil las pasiones guerreras. Sociedades complejas pero unidas porque nos une la libertad que nos permite ser como fuimos creados: como seres únicos.
Las sociedades compuestas de individuos no tienen, por cierto, que ser individualistas. El hecho de no estar obligados a conductas colectivas no significa que no las ejerzamos. Lo importante es que las podamos escoger. Decía Orwell, en 1941, que era difícil imaginarse a los ingleses de entonces en un estadio vitoreando a un dictador, por el valor que le atribuían a la vida privada, y a poder asociarse libremente con seres afines. Inglaterra, decía, es un país de coleccionistas de estampillas, carpinteros aficionados, jugadores de dardos, amantes de flores y de crucigramas. En una sociedad en que se valora la complejidad del ser humano, ser libre no significa, entonces, estar solo encerrado en tu casa, para qué hablar de sufrir la soledad de estar en un estadio cuando no compartes el griterío. Ser libre significa estar acompañado por aquellos con quienes quisieras estar.
Y es en esa libertad que florecen los países buenos.
En cuanto a los malos, no lo han sido nunca porque su gente es mala, como bien lo sabemos los que tenemos amigos japoneses o alemanes. Lo son porque las consciencias individuales han sido aplastadas por furores colectivos.