Señor Director:
Por lejos, el más reputado diplomático nacional en Washington es hoy día Juan Gabriel Valdés. A su brillante carrera de canciller, embajador en Argentina y representante ante Naciones Unidas, agrega el hecho de que por dos veces fue el enviado chileno ante la Casa Blanca (2014-2018 y 2022-2026). Pues bien, Juan Gabriel Valdés puso todo su afán diario y su capital diplomático —que es mucho— a disposición de la candidatura de doña Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas. Es más, sus esfuerzos, conociendo la realidad que tenía ante él, llegaron a solicitar para ella una audiencia incluso a un tercer nivel con una autoridad estadounidense. Nunca recibió respuesta, lo que en diplomacia significa un poco elegante no.
Esa fue la realidad con que se encontró José Antonio Kast cuando llegó a La Moneda. En otras palabras, sabía que la postulación chilena no contaba con el respaldo de Estados Unidos y, por ende, con su voto en el Consejo de Seguridad, lo que en la práctica sindicaba la no viabilidad de la mencionada candidatura.
Ante esa realidad ¿valía la pena —como primer acto de gobierno en el campo internacional— “comprarse” un seguro fracaso? Cualquier Presidente en sus zapatos habría reaccionado como él lo hizo.
Demetrio Infante Figueroa