Hace algo más de medio siglo la izquierda —esa que expresaba un grado de adhesión a Marx y Lenin— era una fuerza que ejercía control, o influencia, sobre más de la tercera parte de la población mundial. Ascendiente que alcanzaba a la URSS, China, Europa Oriental, países de África, Sudeste de Asia, América Latina y el apoyo de miles de actores de la sociedad civil, partidos, grupos guerrilleros, intelectuales que luchaban por el socialismo.
Para ese mundo, la caída del Muro de Berlín marca el término de su período de mayor gloria. Es el momento en que los “socialismos reales” se dividen. Solo unos pocos (Cuba) se mantendrán en la ortodoxia, constituyendo un ejemplo de los niveles de fracaso a que puede conducir un socialismo basado en dictadura del proletariado y planificación central.
Otros, China es el paradigma, emigran hacia un híbrido compuesto de dictadura comunista en la sociedad y el Estado, y una apertura de su sistema económico incorporando rasgos del capitalismo.
Un tercer grupo, que nace de la socialdemocracia, postula que el fin de las autocracias comunistas abriría camino a un reformismo en que convergerían la democracia liberal y el socialismo; pero luego de un inicial atractivo, perdió fuerza al punto que hoy, en Europa, gobiernos de ese carácter alcanzan a un tercio de lo que eran en los 90, y sus contrapartes en América Latina —la Concertación chilena y el Frente Amplio uruguayo—, no obstante buenos resultados, no crearon una corriente significativa.
Este cuadro de derrotas y decadencia lo completan países que habiéndose declarado de izquierda o socialistas, ahora reniegan de esas ideas, para mostrar las peores caras de la política: reforzaron sus dictaduras consagrando el fraude electoral, la elección indefinida de sus caudillos y el nepotismo. Muchos devinieron en cleptocracias, como Venezuela o Nicaragua, que figuran entre las naciones más corruptas de la Tierra. Otros, en un travestismo, intentaron salvar el pellejo impulsando un capitalismo salvaje, incluyendo la “patria del socialismo” que, bajo Putin, en una privatización sin normas, entregó a un puñado de antiguos miembros de la nomenclatura una cuarta parte del PIB ruso; y, peor, la cúpula chavista que ha aceptado ser un protectorado de Estados Unidos, entregándole el derecho a nombrar a los jefes de gobierno y oposición y el manejo de la política e ingresos del petróleo.
La suma de estas desventuras ha llevado a la izquierda a una crisis que es la más grave que haya tenido en un siglo. Sin embargo, sus líderes no logran definir su causa, menos su salida.
La izquierda no es concebible sin un sueño de un orden mejor; un intento de cambiar el mundo por uno nuevo, construido acorde a valores y objetivos superiores. La URSS en las décadas del 30 y 40 del siglo pasado, antes que la hundiera el conocimiento de los crímenes de Stalin, era para millones de personas, un modelo y, en los 60, cuando los socialismos reales se eclipsaban, la Revolución cubana vino a salvar la esperanza, pues estaba ajena a los horrores del estalinismo.
Pero hoy, la izquierda, ¿qué puede ofrecer como ideal o utopía? No China, con su engendro de dictadura y liberalismo económico; tampoco Cuba o la Rusia de Putin. Construir una alternativa a partir de la socialdemocracia parece difícil, pues la izquierda mantiene con ella una relación de admiración y distancia: un sol de invierno que ilumina mucho... pero que calienta poco.
Es cierto que el siglo XX mostró cuán peligrosa para la libertad es una política fundada en una utopía. Pero rechazar las utopías hace más obligatoria la necesidad de un programa claro. Y, de nuevo, en esta materia el balance es malo.
Es efectivo que las distintas formas en que se ha fragmentado la izquierda emplean las mismas palabras para mencionar políticas (derechos humanos, democracia, antiimperialismo) o para aludir a instituciones (universidades, partidos, sindicatos), pero cuando esas mismas fuerzas tratan de llenar de contenido esos términos, emergen, inocultables, diferencias absolutas. ¿Qué democracia proponen? ¿Aquella liberal o esa otra de partido único y que carece de libertades civiles? A qué concepción de derechos humanos se refieren, ¿a la que postulan Cuba y China o a aquella que inspiró a la Vicaría en Chile?
La tesis de que la solución a estos males es la unidad del progresismo puede ser muy dañina si significa que la defensa de la democracia y los derechos humanos se hace en alianza con quienes apoyan a la dictadura cubana, a Xi Jinping o a Putin; su credibilidad estalla en pedazos cuando se le ve asociada con dictadores y cleptócratas; o guardando un silencio cómplice ante la carroña que son regímenes como los de Ortega-Murillo en Nicaragua o de Delcy y Diosdado en Venezuela.
Los líderes de los partidos de izquierda están equivocados si creen que esta crisis, que se acumula por más de medio siglo, la soluciona una buena lista parlamentaria, el acuerdo de unas primarias o los gritos cada vez más histéricos exigiendo una unidad a cualquier costo.