El reciente análisis en torno a los niveles de producción de la minería chilena nos invita a poner los datos en perspectiva y, sobre todo, a abordar los desafíos del sector con una visión de largo plazo. Más que hablar de una contracción estructural o una recesión, estamos atravesando una etapa natural dentro del ciclo minero; una situación transitoria que ya había sido anticipada por diversos actores de la industria. Frente al atractivo precio internacional del cobre, no cabe duda alguna de que el interés y el esfuerzo de las compañías por elevar y maximizar sus volúmenes de extracción es absoluto.
Para comprender el escenario productivo de este año, es necesario observar factores técnicos ineludibles.
Por un lado, enfrentamos la maduración de yacimientos que vivieron su gran expansión en los años 90, lo que conlleva una baja natural en las leyes del mineral. A esto se suman mantenciones acumuladas tras la pandemia, eventos climáticos y ajustes propios de los planes operativos.
Por otro lado, como país no podemos soslayar que atravesamos por años de intensa incertidumbre institucional, marcados por discusiones como el royalty y los procesos constitucionales, un escenario en el cual, de manera lógica, se postergaron decisiones de inversión. Hoy, aunque ya vemos una cantidad importante de proyectos ingresando al sistema de evaluación, la adaptación a los tiempos de tramitación se ha traducido en reprogramaciones y desplazamientos en los plazos para la puesta en marcha de nuevas operaciones.
Sin embargo, el compromiso del sector con el país tiene una mirada de largo plazo que trasciende cualquier coyuntura. En los últimos 20 años, la gran minería ha invertido más de US$ 180.000 millones en Chile, consolidando las bases de nuestra economía. Los resultados de esa vocación siguen a la vista: a pesar de la menor producción, y empujada por el valor del cobre, la minería privada aportará este año la cifra récord de US$ 8.000 millones en impuestos, un 32% más que en 2025. Este es un esfuerzo histórico que va en beneficio directo del desarrollo social del país y de los territorios en los que se desarrolla esta actividad.
Nuestra industria no solo aporta recursos al país, sino que es un motor insustituible de oportunidades. El año 2025 alcanzamos un récord de 305.000 trabajadores directos. Nuestro objetivo es retomar y superar con fuerza ese nivel de empleo formal. Para lograrlo, contamos con una robusta cartera de proyectos que, según Cochilco, alcanza los US$ 104.000 millones hacia el año 2034.
El gran desafío país es materializar esa cartera. Para destrabar estas inversiones, valoramos los esfuerzos públicos y legislativos que se están impulsando para dotar de mayor agilidad y certeza jurídica al sistema de permisos. Avanzar con sentido de urgencia en esta materia, pero sin transar la excelencia técnica ni el cuidado medioambiental, es la llave maestra para evitar mayores retrasos y reactivar el enorme potencial que tenemos en carpeta.
Las proyecciones permiten mirar el futuro con confianza. Cochilco estima una producción de 5,27 millones de toneladas de cobre en 2026, una caída de 2,6% respecto de 2025. Para 2027 prevé 5,55 millones de toneladas, un crecimiento de 5,2%. La minería chilena ha demostrado ser resiliente y responsable.
Hoy, con una visión constructiva y enfocada en los desafíos del mañana, seguimos y seguiremos trabajando al máximo de nuestras capacidades para impulsar el crecimiento de Chile.