La ceremonia de ayer en la tarde, en que efectivos de las escuelas matrices desfilaron en avenida Providencia ante el monumento del general Baquedano —desde el jueves sin muros de protección—, tiene un sentido republicano de enorme trascendencia. No solo es la reparación simbólica hacia uno de los mandos militares más destacados de la Guerra del Pacífico, cuya figura fue vejada después del 18 de octubre de 2019 y retirada en marzo de 2021 para salvarla de su destrucción, sino sobre todo es una especie de cierre de uno de los capítulos más penosos de nuestra historia reciente. Aquel en que la anomia y la violencia campearon por las calles, lo que fue hábilmente aprovechado por algunos para buscar una refundación del país que afortunadamente no ocurrió.
Vergonzosamente políticos de izquierda —y aun de centroizquierda— se apresuraron a celebrar aquella irracionalidad, en tanto artistas y académicos elaboraban enrevesados discursos para justificarla. Parlamentarios llegaron incluso al extremo de acusar constitucionalmente en 2020 al intendente de Santiago por desplegar una estrategia de “copamiento” para evitar manifestaciones no autorizadas en el sector de Plaza Italia, todo un sinsentido en que las autoridades eran perseguidas por tratar de restablecer el orden público y el imperio del derecho. Les daban respaldo así a grupos organizados que arremetían contra todo lo que estuviera cerca de la icónica plaza y que además pudiera simbolizar la tradición democrática chilena. Destruyeron y quemaron también iglesias, museos, universidades, edificios, comercio, ocasionando un daño patrimonial invaluable que todavía no se ha podido recuperar.
Reveladora de esa deriva fue la imagen subida el 8 de julio de 2021 a las redes sociales por el vicepresidente de la Convención Constitucional, Jaime Bassa, cuando recién comenzaban las sesiones de dicha entidad. En ella, dos figuras de espaldas —el propio Bassa junto a la presidenta de la instancia, Elisa Loncon, contemplan una Plaza Italia tomada por manifestantes y con la bandera mapuche —situada por sobre las de Chile— flameando en el punto más alto, arriba del monumento al general Baquedano. También se observa, entre otras figuras, a una estudiante encapuchada caminando sobre una estructura, en aparente alusión al “salto de los torniquetes” y las evasiones masivas que antecedieron a los ataques contra el metro del 18 de octubre de 2019. Todo, bajo un cielo flamígero. En este relato, la Convención venía a ser la instancia para llevar finalmente a cabo el “proceso de transformación social”, que se había iniciado con el estallido de 2019.
Una postal de la captura del espacio público por un grupo de manifestantes violentos era lo que inspiraba a una mayoría de convencionales que tenían el poder para plasmar un nuevo diseño institucional, que partió con llamados a los otros poderes del Estado a liberar a los llamados “presos de la revuelta” y el establecimiento de un Estado plurinacional.
Desafío de mantenerlo inmaculado
La estatua de Baquedano vuelve a su lugar luego de un largo y dificultoso proceso legal, marcando una diferencia con esa “vía de los hechos” que obligó a sacarla del lugar. Lo hace después de ser restaurada y de cumplir con una serie de trámites exigidos por el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN). “La verdad es que creo que no hay ningún monumento en Chile al cual se le hayan exigido tantos estudios, tanta información, tantos resguardos como al general Baquedano”, dijo hace unos meses Jaime Bellolio, alcalde de la Municipalidad de Providencia. Vuelve después de haber vencido ese miedo que muchos sentían y que confesara expresamente en 2024 la ministra del Interior de Boric, Carolina Tohá, cuando manifestó sus dudas sobre el regreso de la estatua a su lugar. Bienvenido es que ese miedo ya no paralice a las autoridades y que una figura histórica pueda volver a recibir el homenaje que se merece.
En fin, lo ocurrido ayer es una poderosa señal al país de que el espacio público no pertenece a quien se lo toma por la fuerza; que el respeto a las normas que regulan nuestra convivencia importa; que un país no se puede construir sobre la base de destruir su patrimonio cultural; que el debate racional debe primar sobre las amenazas, la violencia y que no gana necesariamente quien grita más fuerte; y que en política no está todo justificado para debilitar al adversario y alcanzar el poder.
El desafío ahora será no solo mantener ese símbolo inmaculado, sino convertirlo en un factor de respeto y unidad nacional; que nos recuerde que en democracia naturalmente puede haber diferencias y visiones distintas, incluso sobre la existencia y ubicación de un monumento, pero que cualquier cambio debe hacerse respetando las normas y las instituciones que nos hemos dado. Nadie debiera sustraerse de esta tarea.