Señor Director:
El debate sobre la IA oscila entre dos extremos. Unos anuncian el fin de la escasez; otros, el fin de la especie. Ambos tienen argumentos serios y ambos discuten el destino omitiendo el camino.
La primera omisión es la transición. Una tecnología puede beneficiar a la mayoría mañana y perjudicar a muchos hoy. Los luditas perdieron el trabajo aunque sus nietos vivieran mejor. Un salto de productividad que destruye empleos es, para quienes los pierden, definitivo. Y ellos votan hoy. El desarrollo tiene precio: financiar esa transición.
La segunda omisión es la irreversibilidad. Los optimistas recuerdan, con razón, que los profetas del desastre casi siempre se han equivocado. Pero errar cuesta distinto según el lado. Retrasar una cura tiene remedio; extinguir la especie, ninguno. Un escenario improbable pero irreversible reclama un lugar en el cálculo. Contra ese riesgo se paga un seguro, aunque nunca se cobre.
Más que frenar, esto nos exige institucionalidad: una gobernanza que evalúe sobre la marcha, que financie a quienes pierden y que tome en serio el riesgo extremo. Construirla es difícil. Requiere acordar reglas antes de conocer resultados, resistir la captura de quienes la lideran y sostener el compromiso cuando el costo de compensar sea visible y el de prevenir, invisible. Y como el riesgo extremo cruza fronteras, esa gobernanza será global o será insuficiente. Cuesta imaginarla. Razón de más para que empecemos.
Raphael Bergoeing
Escuela de Negocios, UAI