Hace algunos días en este mismo diario, Álvaro García Linera, exvicepresidente de Bolivia y gurú de Boric y sus amigos, dijo en voz alta algo que todos sabemos, pero que siempre impresiona ver por escrito. Ante la pregunta de si aún es posible avanzar en las ideas refundacionales de la Convención señaló: “Sí, sin duda. Pero si las fuerzas conservadoras logran estabilizar la economía e impulsan crecimiento económico, con sus injusticias, pero logran impulsarlo, y permiten que haya un aumento del bienestar social, se cierra este ciclo de oportunidad y habrá que esperar 20 o 40 años más”. Imposible más transparente. Saben lo que necesitan y no esconden el plan para lograrlo.
Es decir, si con el actual gobierno a la gente le va bien, su proyecto no tiene posibilidades de éxito. Para existir y triunfar necesitan que los chilenos lo pasen mal y que este gobierno fracase. La vieja táctica marxista de acentuar las contradicciones. No les interesa resolver los problemas, sino empujarlos al máximo para que el sistema haga crisis y sea posible reemplazarlo.
Hay que reconocer que la izquierda no esconde sus intenciones, sino las proclama. Suelen decir lo que piensan, el problema es que parte de la derecha elige no creerles. Porque es más cómodo. Asumir que es verdad lo que dicen implica actuar en consecuencia: ponerse firme, confrontarlos, y no jugar a los buenos amigos. Es más fácil taparse las orejas y seguir creyendo que, en el fondo, no creen lo que proclaman.
Durante las Fiestas Patrias se acentúan los llamados a la unidad y a poner a Chile primero. A dejar las diferencias de lado y trabajar sobre lo que tenemos en común. Quién podría estar en desacuerdo. El problema son las bajadas. Y ahí empiezan los problemas.
La democracia necesita diferencias. De eso se trata: proyectos distintos que compiten por gobernar. La unidad nacional no consiste en que todos piensen lo mismo, sino en que esas diferencias se procesen dentro de ciertos mínimos compartidos. Si todos juegan a parecerse, las elecciones terminan siendo una quimera. Pero si las diferencias son de tal magnitud que quien gana puede llevarse la pelota para la casa y dar por terminado el juego, entonces las reglas eran, a lo menos, ingenuas.
Durante los valiosos treinta años posteriores a la recuperación de la democracia, en las elecciones se enfrentaban proyectos distintos, pero las principales fuerzas políticas compartían ciertos mínimos. Nadie ponía en duda que el crecimiento era esencial y que la violencia no era un arma legítima para imponer una agenda. Más aún, hasta sobre la Constitución se llegó a acuerdo. Y la que nos rige lleva la firma no solo del expresidente Ricardo Lagos, sino de exministros como Francisco Vidal, Nicolás Eyzaguirre y Yasna Provoste.
Había alternancia, pero Chile no se jugaba su democracia ni su unidad como nación en cada elección. Y eso permitía un juego democrático en que obviamente había oposición que fiscalizaba y levantaba sus propias propuestas, pero no había problema en concurrir con los propios votos a acuerdos que implicaran avances o frenar retrocesos. Y había oposiciones leales, es decir, no buscaban imponer un parlamentarismo de facto ni sacar por la fuerza al Presidente o Presidenta en ejercicio.
Pero a partir del segundo gobierno de la presidenta Bachelet todo empezó a cambiar. La incorporación del Partido Comunista y la rendición política, electoral e ideológica de “la izquierda de los 30 años” ante el Frente Amplio cambiaron por completo las reglas del juego.
El Partido Comunista chileno elogia a Cuba como una democracia y el Frente Amplio alineó a toda la izquierda hacia la plurinacionalidad. Es decir, democracia y nación chilena ya no son ese mínimo común que todas las fuerzas políticas, con sus diferencias, compartían.
El exsenador asesinado Jaime Guzmán solía repetir en sus clases lo que había aprendido del expresidente Jorge Alessandri: el rol de los partidos políticos debe ser servir al país, porque si su función es solo alcanzar el poder siempre van a buscar, desde la oposición, que el gobierno de turno fracase. El problema es cuando algunos de ellos defienden una ideología que por su naturaleza necesita que a los chilenos les vaya mal para poder imponerse. Y eso es lo que la confesión de García Linera nos vuelve a recordar. Cuando alguien explica con tanta claridad lo que pretenden, quizás lo más sensato sea empezar a creerles.