La prueba PISA no solo revela las competencias lectoras, matemáticas y científicas de los quinceañeros de 91 países y regiones del mundo, sino que entrega una rica información complementaria. A partir de ella, se pueden construir diversos indicadores que le dan un marco a la forma en que se desarrollan los aprendizajes de estos estudiantes. Interesantemente correlacionados con los resultados en dicha prueba, después de controlar por sus participantes, permiten poner atención a aspectos del proceso educativo que no deben descuidarse si la aspiración es potenciar esas competencias tan indispensables para el florecimiento de estos jóvenes.
Así, por ejemplo, una adecuada disciplina en la sala de clases impacta de manera relevante los logros en ciencia (el foco de PISA 2025 fue ciencias y, por tanto, la información complementaria está principalmente vinculada a esa disciplina). En esta dimensión, Chile aparece muy rezagado respecto de los demás participantes, lo que perjudica los desempeños de nuestros estudiantes. Algo similar ocurre en pertenencia a la escuela, sentirse seguro en ella y bullying.
En las dos primeras dimensiones, el efecto en los resultados de PISA es positivo, mientras que en el tercero es negativo. Y en estos tres indicadores Chile no está bien evaluado.
Un mayor apoyo de los profesores, a su vez, contribuye a mejores resultados. Aquí afortunadamente Chile tiene un buen resultado. Los estudiantes perciben apoyo de sus maestros. La inteligencia artificial, si es usada para apoyar el aprendizaje y realizar investigación sobre nuevos tópicos, tiene impactos positivos en el desarrollo de las competencias de ciencia. No ocurre así si es utilizada para resumir textos que deberían leerse para clases o desarrollar borradores para las tareas que les han sido solicitadas (esto es para el subgrupo que señala usar IA).
Estos son todos asuntos que se relacionan con lo que expertos como Richard Elmore denominan el núcleo pedagógico del sistema educativo, es decir, la interacción entre docentes, estudiantes y contenidos. La curiosidad de los estudiantes, que es otro aspecto que se puede desarrollar en esa interacción, también afecta positivamente los resultados en la prueba. A menudo olvidamos la importancia de este núcleo en los desempeños educativos de nuestros niños y jóvenes. La Prueba PISA es una invitación a no hacerlo y a reflexionar sobre cómo posibilitar un desarrollo virtuoso de ese núcleo. Aquí se mencionan algunas pistas, pero también hay otras que requieren de un cuidadoso análisis.
En estos ejercicios, el peso de las diferencias en los desempeños individuales sigue estando determinado, como cabría esperar, por los países en los que viven los estudiantes. Ahora, si hubiese que elegir una razón para explicar las diferencias entre países, las competencias de los docentes dominarían. En 2022-2023 la propia OCDE evaluó las competencias lectoras de la población adulta (PIAAC). En esa evaluación es posible distinguir a profesores que ejercen en los sistemas escolares de otros profesionales en los distintos países. Así, es posible obtener información sobre sus competencias.
Es sorprendente la alta correlación que hay entre estas y los promedios en la prueba PISA para los distintos países. Por supuesto, es una evidencia que debe mirarse con cautela. Por un lado, no necesariamente los docentes evaluados en el estudio de competencias lectoras de adultos son representativos de cada país. Por otro, esta evaluación, en su primera oleada, solo incluyó 31 países (próximamente se incluirán otros). Es cierto que tampoco es un resultado que debería sorprender. Después de todo, Hanushek y colaboradores (2019) habían encontrado resultados similares, pero utilizando análisis estadísticos más sofisticados. Más interesante es que parece haber persistencia en esta correlación.
Este año se cumplieron diez años desde la promulgación de la nueva carrera docente. Corresponde una evaluación acuciosa de su impacto. Aspiraba a atraer y retener profesores más efectivos a las salas de clases y así fortalecer ese núcleo pedagógico. Una de las herramientas para este propósito era asegurar mayores remuneraciones para los profesores efectivos, aquellos que logran agregar más aprendizaje a sus estudiantes. Sin embargo, la conexión entre el instrumento utilizado para estos propósitos y la efectividad de los profesores y, por tanto, de los aprendizajes de nuestros niños y jóvenes es débil, si no nula. Los procesos de inducción y mentoría, otras de las herramientas incluidas en esa ley, dejan mucho que desear.
Y sigue siendo una interrogante si la formación docente inicial y, sobre todo, continua está a la altura de los docentes que necesita el país. Sigue pendiente fortalecer el núcleo pedagógico en los distintos planteles escolares del país.
Harald Beyer
Escuela de Gobierno, UC