Cuando un país se fragmenta en dos bandos irreconciliables y se llega a pensar que uno solo puede sobrevivir a expensas del otro, se ha alcanzado un grado de polarización peligroso y se está al borde de la guerra civil. Muy cerca de esa situación se llegó en la Unidad Popular, para terminar en el colapso institucional. El factor más determinante en estos casos es que no se trata solamente de diferencias ideológicas, sino de que estas traspasan las fronteras afectivas y se encarnan en sentimientos poco saludables, que varían entre el odio y el miedo recíproco. Ya no se trata entonces de discrepancias sustantivas, sino que estas quedan avasalladas por una desconfianza ilimitada, una deshumanización de quien piensa diferente y una aversión visceral hacia quien deja de ser adversario, para pasar a ser un enemigo que debe ser destruido.
Hoy estamos muy lejos de esa dicotomía, pero, al igual que en otras partes del mundo, enfrentamos un predicamento en que triunfan los extremos y la moderación sensata es vilipendiada como cobardía. La segunda experiencia constitucional, y sobre todo la comisión de expertos, mostró que son posibles los acuerdos en una amplia gama de políticas concretas, que no prosperan por identidades tribales que los entorpecen.
Interesa reflexionar respecto de cuáles pueden ser las causas de la exacerbación de la polarización. En primer lugar, ello ocurre con mayor probabilidad cuando al que difiere se le deshumaniza al convertirlo en una abstracción: “el pueblo”, “los momios”, “los humanoides”.
La polarización prospera con mayor facilidad en sociedades económica, social y geográficamente segmentadas, donde ya no existe contacto humano entre quienes piensan distinto. Es evidente que esta deshumanización abre paso y justifica el uso de la violencia como instrumento político para resolver algo que, para los chilenos, no es una situación hipotética improbable, porque la hemos sufrido en nuestra historia.
Las redes sociales, por cierto, han sido un factor de intensificación de la polarización objetiva y subjetiva. Los algoritmos están deliberadamente creados para reforzar las creencias propias y enfatizar la división, las discrepancias insalvables, la rabia y la indignación. Esto permite a cada cual reforzar los peores rasgos de su identidad grupal, lo cual convierte al conflicto en una experiencia de suma cero, en la que yo pierdo porque tú ganas.
Contribuyen también los sistemas electorales que premian la fragmentación y dan voz a grupos extremos poco representativos, y el debilitamiento de los partidos y la intermediación, sustituidos por liderazgos caudillistas y movimientos identitarios y populistas. Se suma el desprestigio de las instituciones —el Congreso, el sistema judicial, las iglesias, entre otras— y las situaciones de estancamiento económico y desempleo, que agudizan los resentimientos y se reducen a explicaciones simplistas: todo es resultado de la maldad de un sector.
La transición a la democracia y la restitución de acuerdos básicos sobre su valor, la economía social de mercado y la apertura al mundo fue posible, en gran medida, por el contacto humano entre bandos distintos, que redujo el prejuicio y permitió cooperar hacia la meta común de restaurar la democracia y llegar a acuerdos técnicos transversales. Esto fue favorecido por la creación de sistemas electorales que tendían a fortalecer al votante centrista y aislar los extremos. En aquellos momentos, los partidos también se fortalecieron como intermediarios para liderar la negociación que permitió el éxito final.
El conflicto es un ingrediente legítimo, permanente y hasta deseable, incluso positivo en toda democracia, pero hay que evitar que se convierta en un desprecio existencial hacia el adversario, porque de ahí a la ruptura hay un paso.