Hoy, a lo largo de todo Chile, se celebran las Fiestas Patrias. Los festejos, por supuesto, se experimentan de distintas maneras. Hay actos oficiales y solemnes, animados encuentros familiares y masivas fiestas en las fondas. Son jornadas en que se despliegan tradiciones musicales, culinarias y sociales forjadas en el transcurrir de nuestra historia.
A través de los siglos, la comunidad nacional va configurando modos de ser peculiares e idiosincrásicos, desde la forma de hablar hasta, en nuestro caso, la manera de bailar una cueca. Constituyen manifestaciones variadas, difíciles de conceptualizar, y que incluyen riquezas particulares. Pero también dan cuenta de un sustrato común, de un acervo de tradiciones y símbolos que actúan como elemento unificador de un país. Radica allí la trascendencia y el sentido de la celebración: al festejar nuestra trayectoria, ratificamos nuestro compromiso con un proyecto compartido.
Así, este espíritu nacional tiene que ver con el pasado y el presente, pero también con el futuro, como señalaba Hernán Godoy Urzúa, uno de los pioneros de la sociología en Chile. “Hay valores, creencias y autoimágenes que operan como un modelo configurador del porvenir”, escribía el académico e investigador.
Según Godoy, una conciencia de identidad proporciona, a través del tiempo, una imagen de continuidad entre el pasado y el porvenir. Costumbres, tradiciones y tareas comunes —aquello que llamamos “chilenidad”— aportan a la cohesión social de un pueblo. En cambio, si esta imagen colectiva es difusa o inexistente, la posibilidad de proyección futura se precariza.
De ahí los riesgos que implica el desprecio a la historia, las tradiciones y los símbolos patrios, el llamado “odio al hogar y a lo propio”, estudiado por pensadores contemporáneos. A ese menosprecio por la historia y la realidad nacional —siempre imperfecta y mejorable, como sabemos— sigue de modo consecuencial la pretensión utópica de sustituirlas por un mundo radicalmente nuevo, diseñado a la medida de sus ideólogos.
Chile experimentó con intensidad esa fiebre de fragmentación y deconstrucción de lo nacional durante el estallido de 2019 y en la primera Convención. Afortunadamente, las propuestas no resultaron ser populares ni convincentes para la gran mayoría de los chilenos, por más “modernas” o “pluriculturales” que se presentaran.
Es más, justamente el desprecio y desvalorización de nuestras raíces e instituciones desconectó ese proyecto de una ciudadanía que siempre supo que nuestra historia, con todos sus defectos, era más que una suma de usurpaciones o saqueos. Y el legítimo dolor de muchos ante los ataques a símbolos y tradiciones queridos por la gran mayoría de los chilenos —como la bandera y el himno nacional— fue un factor determinante en el rechazo del primer proyecto constitucional.
Significó esa experiencia el fracaso de quienes creyeron ver en la destrucción del acervo común la forma de allanar el camino para sus afanes ideológicos. La lección, sin embargo, ha de ser para todos. Porque si en un momento ser “moderno” significaba pasar la retroexcavadora por toda construcción antigua, lo que implicó pérdidas gravísimas para el país, hoy algunos siguen poniendo en cuestión tradiciones que son parte de las raíces de Chile. Frente a ello, la advertencia de Chantal Delsol, la intelectual francesa, es certera: solo podemos actuar humanamente desde un mundo concreto que hemos recibido, del cual somos custodios y continuadores.
Así, la doble significación de la identidad nacional, como realidad histórica y como modelo que heredarán las futuras generaciones, debe implicar el respeto de las tradiciones, valores y símbolos que actúan como elemento unificador. Esa “chilenidad”, tan denostada en ocasiones, ofrece una base para asumir la tarea de levantar un mejor país.