La presencia en Chile de Mirko Jozic activó, como era de esperarse, una ola de opiniones en las redes sociales en torno al exacto puesto que ocupa el DT croata en la historia del fútbol chileno.
¿Es Jozic el mejor entrenador extranjero que ha dirigido en Chile? ¿Es el mejor DT de la historia de Colo Colo? ¿Acaso es el más trascendente en cualquier equipo chileno?
Todas esas opciones se han barajado a la hora de defender las diferentes posturas, en especial aquellas que exponen nombres como efecto comparativo. ¿Es mejor que Jorge Sampaoli? ¿Supera a Luis Álamos? ¿No es acaso Marcelo Bielsa quien dejó huellas más profundas en su paso por este territorio?
Es imposible llegar a acuerdos. Menos, consensuar. Cada cual tiene perfecto derecho a fijar su posición ocupando para sostenerla los hechos o números que le plazca. De eso se trata, ni más ni menos, la discusión futbolera.
Sí es preciso señalar algo como cosa más o menos objetiva: Jozic fue un buen entrenador, tal como lo fueron los que asoman como sus eventuales rivales en el cariño o aprecio popular.
Tener esta calificación, que parece nimia y básica, indica demasiadas cosas.
Porque para ser calificado de buen entrenador hay que exponer ciertas cualidades que no son comunes.
La primera es que un DT es bueno en la medida en que es capaz de obtener el mejor rendimiento al grupo de jugadores que dirige, al que tiene. No al que le gustaría tener.
Si un adiestrador maximiza las cualidades de un jugador, disminuye o, al menos, disimula sus falencias, y además sabe cómo integrarlo a la mecánica de juego o esquema táctico que le pueda dar opciones de destacar, se puede decir que ese es un buen entrenador.
Claro, eso no basta. Puede que obtener lo mejor del jugador sea condición importante, pero no suficiente. Para ser calificado como buen entrenador es obvio que se deben conseguir resultados.
¿Cómo se mide eso? ¿Solo ganando partidos y obteniendo títulos? Sí, es eso. Pero no solo eso, porque un DT puede ser bien calificado si logra más de lo que teóricamente debería obtener o si es capaz de competir, aunque, finalmente, no sea el ganador de un torneo. A veces, hasta evitar un descenso puede darle galones a un DT.
Finalmente, un buen entrenador sí debe dejar su marca, su sello.
No es necesario que sea el constructor de una supraestructura ni el autor de una ideología. Tampoco que se erija como un gurú o un primus inter pares que se sienta con derecho a ser el inventor de la rueda. No. Basta con hacer perdurar ciertos principios para que otros puedan conocerlos, analizarlos y, eventualmente, asumirlos como propios. Hace florecer seguidores, no los inventa.
Ser buen entrenador no es fácil. Pero tampoco es una valoración tan difícil de conseguir.
Seguro que, al leer todo esto, se han venido a la mente varios nombres. Y es porque caben muchos. No se trata de poner a uno para sacar a otro…