Francis Fukuyama reflexiona sobre “El liberalismo y sus desencantados. Cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales”. Tal es el título de sus últimos escritos.
El autor se hace cargo de la desilusión que hoy existe frente al liberalismo, cuestionado por corrientes nacionalistas y populistas de derecha, de corte conservador, y por las propuestas de la nueva izquierda identitaria woke. Atribuye el malestar a la forma en que el liberalismo ha evolucionado a partir de la década del setenta hacia “lo que hoy se llama neoliberalismo, el cual ha incrementado drásticamente la desigualdad económica y ha provocado devastadoras crisis financieras que perjudican a la gente corriente más que a las elites adineradas en muchos países del mundo”.
Fukuyama rescata el valor del liberalismo clásico, ese gran paraguas donde conviven diversas corrientes que tienen en común la defensa de los derechos y libertades de las personas y el apego al imperio de la ley. Esa ideología fue evolucionando hacia criterios cada vez más democráticos ampliando el cuerpo electoral y reconociendo un número más amplio de derechos.
El liberalismo, según Fukuyama, es una forma de regular la violencia y permitir que convivan pacíficamente comunidades muy diferentes; resguarda la dignidad humana para que cada cual defina su proyecto de vida dentro de los parámetros legales, y también favorece la creatividad, el avance científico y sus aplicaciones, potenciando el crecimiento económico.
El liberalismo modera las aspiraciones de la política: busca no tanto la vida buena, como la paz posible. De ahí la importancia de la tolerancia: puedes creer lo que quieras sin pretender imponer tus convicciones a los demás.
Fukuyama critica al neoliberalismo asociado a una escuela de pensamiento económico (Escuela de Chicago y Escuela Austríaca) que menosprecia el papel del Estado en la vida social. Sostiene: “Por supuesto, los individuos deberán asumir personalmente la responsabilidad de sus vidas y de su felicidad, pero hay muchas circunstancias en las que se enfrentan a amenazas fuera de su control… el Estado tiene plena justificación para entrar en escena y ayudarlos”. Concluye afirmando: “Gran parte de la hostilidad liberal al Estado es simplemente irracional”.
La sociedad debe proporcionar bienes públicos que el mercado no provee y su tamaño es menos importante que la calidad y la eficacia de sus instituciones. El pensamiento constitucional actual intenta enfrentar ese reto.
La apelación al estatismo como solución a todos los problemas conduce al populismo y al fracaso. El desafío en la era digital es alcanzar una adecuada relación entre mercado, Estado y sociedad civil. Incluso a nivel internacional.
Hace bien Fukuyama en volver a las fuentes del liberalismo y rescatar sus valores como punto de reflexión de una necesaria renovación democrática amplia. Hay una fuerte tradición liberal que nutre el socialismo en la teoría y en la práctica, como recuerda Bobbio. Ese núcleo de principios es el que hoy está puesto en cuestión.