Era justo y necesario que Mirko Jozic, el entrenador que condujera a Colo Colo a ganar la Copa Libertadores de 1991, recibiera en vida el homenaje que se merece. Los amargos sucesos del año pasado en el partido frente a Fortaleza impidieron que el festejo albo ocurriera durante el Centenario.
El tiempo no curó las heridas, pero al menos avanzó para que el croata de 86 años aterrizara en Santiago. Mirko se mueve más lento, pero mantiene su bamboleo, también la sonrisa y ese español que evoca a Tarzán, que se nos hizo natural desde fines de 1990 hasta 1994, cuando dirigió a la selección nacional e hizo debutar a Marcelo Salas en el 3-3 con Argentina en el Estadio Nacional.
Buena parte de los colocolinos que hoy lo celebran, o que estuvieron ayer en el Monumental para ovacionarlo en el partido frente a Deportes Concepción, lo conocieron por YouTube, el boca a boca de sus padres, hermanos o quién sabe quién. La magia del fútbol se refleja en la devoción por un técnico que hizo posible el sueño de un país: levantar la Copa Libertadores y terminar con el canto hiriente del Atlántico, ese que decía “la Copa, la Copa, se mira y no se toca”.
En retrospectiva, levantar la Libertadores el 5 de junio de 1991 implicó que el fútbol chileno diera vuelta la página en el advenimiento de la democracia y separara aguas con el escándalo de Maracaná, protagonizado por Roberto Rojas el 3 de septiembre de 1989.
Un ejercicio saludable el del Club Social y Deportivo Colo Colo, que contará además con el lanzamiento de un libro sobre la vida del croata, escrito por el periodista Ignacio Pérez Tuesta. Mantener la memoria siempre resultará gratificante, como lo demostró el acto en el teatro Monumental, desbordado por los hinchas.
Una práctica que en 2025 y 2026 la vivimos con frecuencia al homenajear a los campeones que obtuvieron la Copa América y Centenario. La nostalgia irrumpió y agudizó la pobreza de nuestro presente, alejado de la primera escena continental a nivel de selecciones y, por lógica consecuencia, observadores anónimos de lo que ocurre en las grandes ligas del mundo futbolístico.
Sin darnos cuenta, nos transformamos en un fútbol de homenajes, de recuerdos, de anécdotas, de un pasado que añoramos y nos hace preguntarnos cómo salimos de la actual encrucijada.
A esta altura, se convirtió casi en un lugar común pensar que Manuel Pellegrini decida abandonar el sitial que construyó en la élite europea y vuelva a Chile para relanzar una actividad que deambula en el marasmo, a partir de una dirigencia lamentable. Se da la paradoja de que, si el actual entrenador del Betis optara por volver, se encontraría con el mismo complejo “Juan Pinto Durán” que conoció cuando acompañó a Arturo Salah en la Copa América 1991.
Suena a chiste cruel, pero es real. Es cierto que durante décadas recordábamos la hazaña del tercer lugar en el Mundial de 1962 y más de alguien ironizaba con que Eladio Rojas se desgarraría de tanto mostrar el derechazo a Yugoslavia. La diferencia del momento actual es que surgían o constatábamos algunos saltos que nos ilusionaban con un futuro mejor, a partir de alguna actuación de los clubes o la selección.
Por este panorama, la elección de noviembre en la ANFP es tan trascendente y obliga a un empuje refundacional.