Señor Director:
Hace unos días volví a ver “Doce hombres en pugna”, película que, pese a sus más de 70, continúa utilizándose para enseñar deliberación. Doce jurados deben decidir si un joven acusado de matar a su padre es culpable, y de ser así será condenado a muerte. Once están convencidos de su culpabilidad. Solo el jurado Nº 8 tiene dudas.
Lo interesante no es que se atreva a pensar distinto o que pretenda demostrar la inocencia del acusado. Su punto de partida es más sencillo: la gravedad de lo que están decidiendo amerita que, al menos, se sienten a conversar.
Y eso hacen. Vuelven sobre la evidencia, formulan preguntas y descubren cuánto de lo que parecía certeza estaba atravesado por prejuicios. Intentan persuadirse unos a otros, pero, sobre todo, aceptan someter sus propias certezas al examen de los demás. Deliberar supone ofrecer razones, pero también estar dispuesto a que las razones de otro puedan hacernos cambiar de opinión.
La película volvió a mi memoria siguiendo el reciente juicio de Lindsay Clancy. Después de varios días de deliberación, 11 jurados se inclinaban por declararla no culpable por falta de responsabilidad criminal, mientras uno mantuvo una posición diferente, impidiendo un veredicto unánime. Algunos jurados han descrito a ese único disidente como poco dispuesto a explicar sus razones o escuchar las de los demás. No conocemos su versión y sería apresurado juzgarlo solo por el relato de quienes discrepaban de él. Pero cabe preguntarse: ¿Basta con sostener firmemente una posición minoritaria para estar deliberando?
El jurado Nº 8 nos recuerda que no. Lo valioso de su disenso no es permanecer solo frente a 11, sino cómo lo sostiene: pregunta, escucha, examina la evidencia e intenta persuadir, permaneciendo él mismo abierto a ser persuadido.
Una buena deliberación no necesariamente termina en consenso. Podemos examinar con rigor las mismas razones y continuar pensando distinto. Pero ante decisiones difíciles y de consecuencias importantes, quizás lo mínimo que podemos exigirnos es sentarnos a conversar y aceptar que nuestras certezas también pueden ser examinadas por los demás.
Sofía Salas Ibarra
Docente investigadora en bioética
Universidad del Desarrollo