El riesgo de olvidar dónde se generaron las ideas que preceden estos tiempos, o cuando queremos saber cómo se han logrado acuerdos de alcance mundial (Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar) y asumir públicamente la responsabilidad en temas de especial significado, como el antártico y la pesca en alta mar, o el empleo de métodos de solución de controversias, es importante recordar la personalidad de Fernando Zegers Santa Cruz.
Su reciente fallecimiento no ha sido una noticia feliz. Son diversas las razones para destacar su capacidad como jefe de delegaciones; la lucidez para analizar los contextos internacionales e internos que influían sobre un tema específico; la tenacidad para buscar el convencimiento de las contrapartes. Así, pudo llevarse el tema del pez espada a conocimiento del Tribunal Internacional del Derecho del Mar. Empleó también una prudente sabiduría cuando momentos difíciles lo apartaron de los equipos a cargo de ciertos temas y logró mantener su independencia en todas las circunstancias.
Ejerciendo la labor diplomática y como analista, no dejó de estar presente en aquellos temas que le parecían trascendentes y que lo convocaron, asumiendo funciones de liderazgo en el plano multilateral. Posteriormente, alejado de funciones oficiales, dedicó tiempo, estudios y persistencia a temas que emergieron con fuerza en los años 90, como fue la pesca en alta mar y la configuración de los intereses nacionales. Sin duda que era un escenario difícil y pudo trabajar desde la esfera privada y asesora con el gran diplomático Jorge Berguño Barnes.
Zegers actuó, además, como un asesor lúcido en el caso llevado por Perú ante la Corte Internacional de Justicia, sobre delimitación marítima. Conocía muy bien cómo debía explicarse el tema ante la opinión pública.
El nombre de Fernando Zegers aparece en los documentos preparatorios de la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, en Naciones Unidas, a comienzos de los años 70. Consciente de la responsabilidad que tenía el país, junto a otros países latinoamericanos y africanos, fue clave para que se impusiera la lista amplia de temas que debía abarcar la futura negociación, no piezas separadas y enfocadas únicamente en los intereses de las grandes potencias. El Derecho del Mar se reflejaría, en sus principales dimensiones, desde los usos del mar hasta las competencias de los Estados. Debía buscarse coherencia en los textos que incluiría la futura Convención. También requería consistencia el régimen de la minería marina más allá de la jurisdicción nacional, hoy de regreso en la política global.
Al iniciarse la Conferencia sobre el Derecho del Mar, Fernando Zegers concibió la elaboración de una posición nacional mediante un documento que trazase las líneas principales de lo que el país estimaba era fundamental. La proyección de las 200 millas marinas fue uno de los ejes fundamentales y su configuración universal se inició con la asociación con Perú y Ecuador, que Zegers siempre resaltó. También se consideró la configuración geográfica chilena, los archipiélagos costeros y otros temas.
Las negociaciones antárticas conocieron de su firmeza para expresar posiciones y ductilidad para comprender la complejidad normativa del Tratado Antártico. La operatividad del Sistema Antártico se vislumbraba como una necesidad después de adoptarse el régimen sobre recursos vivos marinos, y Zegers trabajó para darle una dimensión efectiva.
Asimismo, las posiciones reflejadas en el artículo 4º del Tratado Antártico en materia territorial, sobre lo cual se conversó en el recordado seminario en Antártica, en 1982 (base Frei), constituyeron la referencia estructurante del trabajo sobre minerales antárticos. Esta cuestión, abordada de forma comprensiva, generó un sistema de decisiones con participación de reclamantes relevantes, además de salvaguardar la plataforma continental y un estricto grupo de principios sobre protección ambiental.
Fernando Zegers ha dejado, finalmente, una huella en los jóvenes diplomáticos que tomaron parte en la negociación del Derecho del Mar y en aquellos que colaboraron junto a él en otras épocas. Debe recordarse su nombre, junto con su capacidad para asumir misiones cuyos resultados perduran en la memoria de las relaciones exteriores y del país.