Tengo una creencia supersticiosa: que ciertos acontecimientos dejan una huella en el lugar donde ocurrieron, como si el espacio fuera una película sensible a la acción humana y esta, por el solo hecho de haber sucedido, dejara sobre él una impronta. Muchas peregrinaciones descansan, sin decirlo, en este supuesto.
Sabía que uno de los mayores narradores del siglo XX —no diré su nombre, por respeto— había muerto en un hotel de Turín, y no imaginé que se encontraba tan cerca de mi propio alojamiento. Cuando salí a dar mi primer paseo por la ciudad, iba con una mezcla confusa de deseo de ir a su encuentro y de temor al lugar, y sin quererlo tomé la dirección contraria. Ya envalentonado, cuando advertí el error, volví sobre mis pasos. Era una calle populosa, de tiendas animadas. Me fui acercando despacio, deteniéndome ante una vitrina, echando una ojeada hacia la zona donde creía que estaba el hotel desdichado. De pronto apareció un letrero luminoso, rojo, que yo veía por el reverso: para entenderlo debía convertir mentalmente al anverso las letras que me daban la espalda. Llegué al punto: Hotel Roma e Rocca Cavour.
Y entonces no ocurrió nada. Nada resonaba del hecho terrible sucedido ahí. El mundo seguía indiferente, la gente caminaba como si tal cosa, la ciudad no recordaba. Me acerqué a un vendedor de libros usados: tampoco él tenía nada del autor. La huella que yo había venido a buscar, simplemente, no emergía.
Y sin embargo, mientras iba y venía frente al hotel, me fui emocionando. Sin causa exterior que lo sostuviera, sin placa, sin gesto de la ciudad que lo autorizara. Una vez terminado mi homenaje, seguí adelante, dejé atrás el hotel, y llegué hasta un segundo librero. Al principio tampoco parecía tener nada suyo. Finalmente dio con uno: “La luna y las fogatas”. Era una edición de 1950, el año de su muerte.
No sé qué pesa más en esa coincidencia: la luna y las fogatas del título, el año impreso en la portadilla, o el hecho de que aquella sea, entre todas sus novelas, la que está atravesada por el regreso y por la imposibilidad de recuperar intacto el lugar del que se partió. Yo había ido a buscar la huella del escritor en el sitio donde murió, y terminé encontrándola en el libro donde había escrito sobre el lugar al que no se puede volver.
Quizá me equivocaba desde el principio. Quizá los acontecimientos no dejan huella en los lugares, y son las personas quienes, al conocerlos, impregnan retrospectivamente el espacio. El hotel de Turín no recordaba nada. Yo sí. Y esa memoria, sospecho, es la que terminó cargando el lugar.