La masificación de la educación universitaria genera, a menudo, incomodidad. Dos factores parecen concentrar esa sensación. Por un lado, el riesgo de que se produzca frustración en jóvenes que acceden a ella pensando que van a lograr, ya sea un estatus, o un nivel de ingresos, que luego no se materialicen. El estatus es cuestión difícil de evaluar, aunque no parece importante para cursar esos estudios. Respecto de los ingresos, existe evidencia clara de que hay programas cuyos frutos son exiguos o inexistentes; con todo, los retornos promedio de la educación superior siguen siendo muy elevados.
Por otro lado, existe la percepción de que hay programas que solo deberían ofrecerse a grupos pequeños de la población, sobre todo si requieren una formación que combina rigor académico y práctica. Un ejemplo a menudo mencionado es medicina. La realidad de los últimos años, acelerada por la pandemia, elevó el interés en esta carrera. Ello ha aumentado el número de programas y sus matriculados. Así, por ejemplo, si en 2007 estos matriculados sumaban casi 10 mil 200, reunidos en 25 programas, este año son más del doble, acercándose a 22 mil, en 41 programas.
Frente a este rápido aumento, hay dudas respecto de la calidad de los equipos docentes y del acceso estable a campus clínicos, indispensables para la formación, temiéndose un impacto negativo. Con todo, los resultados del Examen Único Nacional de Conocimientos de Medicina, si bien muestran heterogeneidades, no exhiben diferencias tan pronunciadas entre egresados. Esto, aunque sería deseable más información sobre esos resultados, toda vez que hay un interés público involucrado; además —como cuestionan algunos—, la medición de conocimientos no necesariamente captura todas las dimensiones que involucra la formación de un médico. Por otra parte, si bien la acreditación de la carrera de medicina es obligatoria, el modelo vigente gradúa los años por los que ella se otorga, introduciendo incertidumbre respecto de su alcance. Así, por ejemplo, no es claro qué expresa una acreditación de tres años sobre la calidad del programa (el máximo es 7). Si el sistema entregase un resultado binario, ¿dicho programa quedaría acreditado?
Debe reconocerse que la mayor matrícula ha permitido ir cerrando la brecha de médicos que tenía Chile con la OCDE. Hace tres lustros había una diferencia aproximada de 1,4 médicos por mil habitantes. Ella se ha reducido a la mitad (también ha ayudado la incorporación de profesionales extranjeros), aunque el país aún está lejos del número de médicos por habitantes que tienen España o Argentina. En ese sentido, no es evidente que se deba desincentivar el aumento de matrícula ocurrido, pero no debe descartarse revisar los criterios objetivos que se exigen para su funcionamiento y acreditación. Asimismo, el Estado podría hacer mucho más en asegurar un acceso estable a los campus clínicos. Más aún, debiera ser el principal interesado en ello