Señor Director:
Ayer se conmemoró un nuevo aniversario del 11 de septiembre de 1973. Es sabido que el quiebre de la democracia divide a los chilenos —en especial a quienes vivieron ese período—, y por tanto que se trataba de una fecha compleja para el gobierno actual. Luego, a primera vista parece razonable su decisión de omitir todo acto oficial. Sin embargo, dicha decisión también revela un vacío discursivo inquietante. La palabra es la herramienta por excelencia del líder político en el marco de la deliberación democrática; y su ausencia no es trivial.
Por lo demás, La Moneda tenía otra alternativa más consistente con la amplitud de su gabinete y de las fuerzas políticas que hoy integran el oficialismo: retomar la mesura y el anhelo de reconciliación que caracterizó los mejores años de la transición. Pese a las múltiples heridas del pasado, en el Chile posdictadura centroderecha y centroizquierda alcanzaron algunos consensos básicos. Por ejemplo, el reconocimiento de que existen legítimas discrepancias —y por ende un debate abierto— acerca de los antecedentes del golpe de Estado; la condena inequívoca de las violaciones a los derechos humanos; la valoración del régimen democrático y la consiguiente erradicación de la violencia como método de acción política; y así.
Podría argüirse que una narrativa semejante habría despertado críticas. No obstante, cualquier intento de articular un mensaje político robusto —un horizonte de vocación mayoritaria y alcance nacional— supone tomar ciertos riesgos. Nada indica que el silencio sea una mejor opción.
Claudio Alvarado R.
Director ejecutivo IES