Jacob Coxon, joven matemático británico de 27 años, que había estado haciendo investigación de preentrenamiento en Anthropic y en OpenAI, trabajando en la así llamada “sala de máquinas” de esos dos laboratorios líderes en inteligencia artificial, acaba de renunciar a su trabajo y hacer unas declaraciones incendiarias que no debieran dejar de alarmarnos. Aunque hoy, entre tanta información, verdades a medias y fake news, cueste filtrar qué es cierto y no. Coxon afirma que ninguna de esas empresas líderes está actuando con responsabilidad y corren ambas “directo hacia una super-inteligencia-automejorante, apostando con nuestras vidas”.
Según el joven matemático, quienes están “construyendo” la IA saben que existe el peligro cierto de que esta acabe con toda la humanidad antes de que termine la década. Y no lo dicen en público, pero sí lo comentan en privado, entre ellos. Según este testigo privilegiado de una de las grandes fábricas de inteligencia algorítmica, el mundo se encamina a una situación de peligro y, para fines del próximo año, las cosas podrían estar fuera de control. Pero lo más inquietante es que Evan Hubinger, jefe de ciencia de alineación de Anthropic y empleado de la empresa, en vez de desmentirlo, ha dicho en X: “Jacob tiene razón”. Es decir, el jefe de laboratorio de Anthropic sinceró que la IA podría matarnos a todos, y que esa probabilidad es de más de un 10%, en los próximos años.
¿Quién es de verdad Jacob Coxon? ¿Un irresponsable que está sembrando el terror (la paranoia conspirativa abunda hoy), o un joven con conciencia moral que se está inmolando para contar la verdad a todos los que no manejamos la información precisa de lo que está pasando en esos laboratorios IA? Quizás haya que esperar y ser cautos, hasta conocer las reacciones de esas grandes empresas tecnológicas. Tal vez no, y haya que reaccionar rápido antes de que sea demasiado tarde, y movilizarse. Como lo han hecho el Papa, Noah Harari y otros. Lo único que sé es que las películas de Spielberg me gusta verlas, no vivirlas, como las novelas distópicas de Philip K. Dick. Al leer las declaraciones de este joven matemático “disidente”, recordé a Paul Virilio, urbanista y ensayista francés, con quien conversé muchos años atrás en París, justo cuando estaba presentando su libro “La bomba informática”, en el que hablaba del “accidente” que inevitablemente viviría nuestra civilización, que avanzaba como un Titanic inconsciente, a una velocidad desbocada, a estrellarse con un iceberg. Muchos decían que estaba desvariando. Y también me vino a la memoria un poema de Jorge Teillier, poeta lautarino, “Fin del mundo”. Vale la pena releerlo cuando un ánimo apocalíptico nos acecha. Según Teillier, “el día del fin del mundo/ será limpio y ordenado/ como el cuaderno del mejor alumno./ El borracho del pueblo/ dormirá en una zanja (...) y la banda del regimiento/ ensayará infinitamente/ la marcha que toca hace veinte años en la plaza (...)”. El poema va enumerando todos los actos rutinarios y cotidianos de una pequeña aldea del sur del mundo: los niños que enredan sus volantines en los alambres telefónicos, los evangélicos que cantan como siempre en las esquinas, y una anciana loca que pasea con su quitasol, como todos los días. Teillier concluye diciendo: “Y yo diré: el mundo no puede terminar/ porque las palomas y los gorriones/ siguen peleando por la avena en el patio”.
Me aferro a eso, al amor que tengo por las cosas y los seres reales. Prefiero los zorzales que cantan en mi ventana que los algoritmos, las sirenas digitales de hoy. Soy un ciudadano más del mundo, igual que usted, lector, ignorante de lo que está realmente ocurriendo en los laboratorios de IA. Pero quiero creerle al poeta que afirma que “el mundo no puede terminarse”, aunque Jacob Coxon tenga razón. Y recibo el rayo de sol que entra por mi ventana y el griterío de los niños que llegan desde una plaza cercana, con júbilo.