El tema está de actualidad. El Tratado Antártico de 1959 estableció su uso pacífico para el desarrollo de la ciencia. Desmilitarizó y desnuclearizó el continente, ha mantenido el “statu quo” de las reclamaciones territoriales y ha preservado sus recursos naturales sentando un precedente internacional muy exitoso. Respondió a un espíritu de colaboración entre las naciones que formaron la comunidad antártica, la que asumió una responsabilidad frente al mundo. El asunto de fondo en este momento es si es posible la existencia de un continente regulado de esta manera por un tratado detrás del cual no hay un poder hegemónico que lo sostenga, sino un acuerdo sustentado en la buena fe y la decisión de sus signatarios para mantenerlo vigente.
Por lo mismo hoy cabe preguntarse por las pretensiones de Estados Unidos, China y Rusia. Para estas potencias los avances científicos y tecnológicos están hoy al servicio de sus particulares intereses de prestigio y de poder. También preguntarnos por la capacidad de los pequeños para hacer valer nuestros intereses. Y, además, por el peso que el archipiélago de naciones hoy incorporadas al Tratado Antártico puede tener. Y si entre ellas prevalece una comunidad de intereses al respecto.
También hay otros temas en debate que de alguna manera se vinculan y cuyas soluciones pueden incidir significativamente en el futuro del Continente Blanco: respecto de la Alta Mar Internacional, en enero de 2026 entró en vigor el Tratado de Alta Mar para usar de manera sostenible la biodiversidad marina en zonas fuera de jurisdicciones nacionales. Chile está postulando a Valparaíso para sede de este tratado. Está por verse su efecto. Para la explotación minera de los fondos marinos existe la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos. Pero Estados Unidos no ha adherido a ella y en la actualidad pretende una explotación minera sin mayor regulación, lo que implica crear un régimen que prescinde del resto del mundo. Y ya existen varias empresas empeñadas en una activa labor de lobby. En la última Asamblea no se pudo aprobar un voto de censura a la posición de Estados Unidos.
Ambos temas involucran internacionalismo y pueden arrastrar a la Antártica a una situación ajena a su historia entregándola al capricho del más fuerte. La ciencia ya no es el motor de los acuerdos. Hoy mandan los intereses de poder. Esta situación contraría el espíritu antártico. Su futuro deberá ser una preocupación de todos. Es la gran tarea que no podemos eludir.