En julio la economía chilena volvió a caer: el Imacec se contrajo 1,5% y las cifras de crecimiento esperado para el año se ajustaron. La explicación sería el mal clima, la minería, los jureles. Pero, desde el inicio de la guerra en Medio Oriente, la bencina y el diésel sufrieron de un día para otro una de las mayores alzas en años y los combustibles han sido una fuente persistente de malas noticias económicas. En lo más coyuntural, porque su alza impulsó las expectativas de inflación y tiró al suelo el optimismo de los agentes económicos, justo cuando la economía necesitaba lo contrario. Y en lo más permanente, porque tanto los conflictos en torno a la energía como su costo ambiental son causas estructurales de inestabilidad global que no parece vayan a disiparse pronto.
El petróleo ha sido fundamental para el desarrollo de nuestras sociedades. Y por eso asegurar su abastecimiento seguro es una pieza central de la economía. Se usa para el transporte porque es relativamente barato y su densidad energética es imbatible. Pero su alcance va mucho más allá: plásticos, fertilizantes, químicos, medicamentos... Ese rol protagónico posicionó en el centro de la economía global a los países que tienen reservas de ese combustible. Chile no es uno de ellos: hemos sido, más bien, espectadores de esta historia, expuestos a decisiones que se toman en lugares donde no tenemos ninguna influencia. Pero la transición energética que viene podría cambiar ese rol por completo.
Todo partió en 1859, cuando Edwin Drake perforó el primer pozo comercial en Titusville, Pensilvania. Pocos años después, John D. Rockefeller fundó Standard Oil, que llegó a tener un poder tan enorme sobre la industria que en 1911 la Corte Suprema americana ordenó separarla en 34 empresas —de ahí nacieron, entre otras, Exxon, Mobil, Amoco y Chevron—. En Londres, Marcus Samuel, que comerciaba conchas marinas desde Asia, fundó Shell —el nombre quedó— para competirle a Rockefeller. Y en Bakú, en lo que hoy es Azerbaiyán, los Nobel y los Rothschild produjeron enormes cantidades de crudo mundial hacia 1900. En Persia, hoy Irán, el petróleo se descubrió en 1908, y al año siguiente se constituyó Anglo-Persian, hoy BP.
¿Qué tenían que ver ahí los ingleses? Bueno, es que Winston Churchill, como Primer Lord del Almirantazgo, convenció al Parlamento británico de convertir a la Royal Navy de carbón a petróleo —más velocidad, menos tripulación— y logró que el gobierno comprara el 51% de Anglo-Persian para asegurar el suministro. Fue quizás la primera vez que un Estado trató el acceso al petróleo como una cuestión de supervivencia nacional. Su visión sobre cómo reducir la vulnerabilidad frente a un combustible importado sigue vigente cien años después: “La seguridad y la certeza en materia de petróleo residen en la variedad, y solo en la variedad”.
Los conflictos armados confirmaron la importancia estratégica del petróleo. En la Segunda Guerra Mundial, mientras el ejército alemán seguía dependiendo de trenes a carbón y de más de un millón de caballos, los aliados avanzaron motorizados en camiones —ventaja logística decisiva. Para 1944 la Luftwaffe tenía una escasez crítica de combustible para volar. Lord Curzon lo resumió: los aliados “flotaron a la victoria en una ola de petróleo”.
Ochenta años después, el petróleo sigue al centro de las tensiones globales en Ormuz, la guerra en Ucrania y el manotazo del gobierno americano al petróleo en Venezuela.
Arabia Saudita y los Emiratos han desviado crudo por oleoductos terrestres para esquivar el estrecho: es, en la práctica, la variedad que pedía Churchill. Lo de Venezuela sigue la misma lógica: una fuente que no depende de un canal que un país hostil puede cerrar con un puñado de misiles.
En este contexto, Chile se enfrenta a una oportunidad histórica. A medida que las complicaciones del petróleo, incluidas las emisiones que genera, se hacen más visibles, el mundo está mirando hacia fuentes alternativas de energía y avanzando hacia la electrificación de sus economías. Esta transformación pondrá al centro a los países que tengan sol, viento y los minerales para construir los paneles, las turbinas, los cables y las baterías que la transición necesita. En otras palabras, todas las ventajas que tiene Chile. Por primera vez, un país periférico y que fue espectador de la era del petróleo tiene la posibilidad de estar al centro y ser protagonista de la que viene, si somos capaces de aprovecharla. Juan Carlos Jobet