En su primera Cuenta Pública, el Presidente Kast calificó la caída de la natalidad como una herida, comparable a la soledad de los adultos mayores. En respuesta a lo primero, anunció la puesta en marcha del plan “Chile Renace”, con una Secretaría y una Comisión Asesora Presidencial. Aunque para la segunda herida no hubo propuestas, la caída de la natalidad y el aumento en la proporción de adultos mayores son manifestaciones del mismo fenómeno: la transición demográfica.
La transición demográfica es el cambio en la composición de la población que se origina en fenómenos vitales —mortalidad infantil, natalidad, mortalidad adulta—, con repercusiones sobre la sociedad, la economía e incluso la política. Así, mientras la caída en la mortalidad infantil aumentó en una primera instancia la proporción de niños en la población, la caída de la natalidad la está reduciendo actualmente, mientras que la mejora en las condiciones de vida y el acceso a la salud, al extender la expectativa de vida, aumentará la proporción de adultos mayores durante las próximas décadas.
Mientras las transformaciones que dan origen al cambio demográfico en Chile —mejor nutrición y salud infantil, reducción del embarazo adolescente, mayor acceso a la salud— son todos positivos, sus efectos sobre la composición de la población generan preocupación.
Esta preocupación va más allá de los sentimientos y los valores que rodeen a niños, adultos mayores y familias, pues tiene que ver con la capacidad de la economía para crecer sostenidamente. Esta depende de la medida en que la población activa —que produce más de lo que consume— puede sostener, mediante ahorros y transferencias, el consumo de niños y adultos mayores, considerando los ahorros que estos últimos acumularon en el pasado.
Después de cincuenta años del llamado “bono demográfico”, en que la tasa de dependencia se reducía, aportando al crecimiento económico en Chile, esta se revirtió en la actual década, amenazando con ralentizar el crecimiento futuro como producto del número creciente de dependientes que deben ser sostenidos por la población activa.
Para responder a este problema, el Gobierno parece optar por elevar la natalidad. Aunque esta opción puede responder al propósito de recuperar el papel de la familia tradicional en la sociedad chilena, no es un vehículo muy eficaz para extender el bono demográfico. Aun si se encontraran políticas capaces de elevar la natalidad —cuestión que se reconoce difícil por el propio Presidente—, estas, en lugar de reducir, elevarían la tasa de dependencia por lo menos durante un par de décadas antes de comenzar a rendir algún efecto económico.
En cambio, Chile tiene otras alternativas más promisorias para extender el bono demográfico incidiendo sobre decisiones de las personas que elevan la generación de ingresos, el ahorro y el crecimiento. Primero: elevando la participación de las mujeres en el mercado laboral a través del desarrollo de un sistema de cuidados —partiendo por la sala cuna universal— y por una distribución más equitativa de las responsabilidades en el hogar, incluyendo un posnatal obligatorio y el derecho a sala cuna para los padres. Segundo, aumentando el ahorro de las personas a través del sistema de pensiones, implementando la reforma aprobada en 2025 y agregando esquemas de cotización y ahorro voluntario que operen por defecto, con enrolamiento automático y desistimiento expreso.
La tercera alternativa se desprende de cambiar nuestra visión sobre la vejez, como un período de inactividad, decadencia y soledad. Hoy en día, una persona que llega a los 60 años en Chile tiene una expectativa de sobrevida de casi 25 años, de los cuales al menos los 10 primeros pueden vivirse de modo saludable. Estas personas deben tener la posibilidad de continuar aportando a la sociedad y a la economía, a través del trabajo, el estudio, la creación y la socialización. Para esto se requieren incentivos, servicios, instituciones, pero por sobre todo, un cambio de mentalidad de las propias personas. La combinación de estos elementos con el poder adquisitivo producto de la reforma de pensiones puede ayudar a generar una “economía plateada” que sirva a los adultos mayores y contribuya al crecimiento del país.
La transición demográfica no es una herida ni una maldición, sino otra oportunidad que Chile puede aprovechar.